El hombre del piano| Placeres culposos
Cada vez que que escuchaba Just the Way You Are pensaba en ella. No sabía todavía todo lo que sería…

Cada vez que que escuchaba Just the Way You Are pensaba en ella. No sabía todavía todo lo que sería en mi vida, pero esa canción me lo insinuó antes de que yo pudiera ponerlo en palabras. Pensaba en Grecia, en su risa, en ese amor que apenas empezaba a escribirse y ya parecía tener una melodía propia. Con el tiempo, descubrí que Billy Joel inventaba lugares emocionales donde uno podía habitar. Cada vez que lo escucho imagino las historias detrás de sus letras, los personajes que describe, los bares, las ciudades y las despedidas. Y entre todas sus canciones, Piano Man ocupa un lugar distinto. No sé explicarlo, pero cada que suena esa armónica y luego entra el piano, se me iluminan los sentidos. Es un gesto pequeño, pero poderoso: esa música, sin más, siempre me alegra el día, aunque no es una canción alegre.
Hay músicos que atraviesan generaciones, que se quedan en las bodas, en los viajes largos, en las habitaciones donde uno baila sin testigos. En ese sentido Billy Joel ocupa un lugar privilegiado. Su voz se vuelve confidencia, y sus letras, tan de la calle, tan del alma, logran el milagro de hacernos sentir comprendidos. A él le he confiado más de una dedicatoria para mi esposa, y en más de una ocasión también le he entregado una canción suya a mi hija. Su música ha sido mi carta no escrita cuando las palabras se quedaban cortas.
Hoy, saber que enfrenta una condición que lo obliga a cancelar sus conciertos, que sufre de una enfermedad que atenta contra su equilibrio, su oído, su visión, precisamente los sentidos que construyeron su obra, me conmueve profundamente. Pero no como una tragedia. Lo vivo como un momento de pausa. Como una página que aún no termina. Porque Billy Joel nunca ha sido solo un intérprete. Es un sobreviviente. Un boxeador del alma, que por cierto ganó 22 de 24 peleas en el circuito de guante de oro durante su juventud. Un contador de historias que se levantó una y otra vez cuando el mundo parecía cerrar el telón.
Pocos recuerdan que intentó quitarse la vida antes de que el mundo conociera Piano Man. Que tocó en bares bajo nombres falsos, que fue estafado, traicionado, olvidado… y que, sin embargo, persistió. Y en esa persistencia nos enseñó algo más profundo que la fama: nos enseñó a no rendirnos. A volver al piano incluso cuando sentimos que ya nadie escucha.
Hace apenas un año, cuando lanzó Turn the Lights Back On, su primera canción en más de dos décadas, sentí algo parecido a la emoción de reencontrar una carta perdida entre las páginas de un viejo libro. Su voz seguía impecable, intacta la sinceridad, la herida abierta y luminosa de alguien que canta como si el mundo dependiera de ello. Y quizás sí depende. Porque hay cosas que uno solo puede sanar escuchando a Billy Joel de madrugada cuando todo lo demás se ha callado.
Entre todos los conciertos a los que he asistido, hay uno que permanece inalterable en mi memoria: Billy Joel en el Madison Square Garden. Estar allí, entre miles, escuchando New York State of Mind mientras el piano se expandía como una ola sobre la ciudad entera, fue como vivir la experiencia neoyorquina en su forma más pura. La ciudad no estaba solo en sus calles, estaba en su voz. En cada nota. En cada pausa. Sentí que por fin entendía la intensidad, la belleza caótica y la nostalgia orgullosa de esa ciudad que tanto ha dado al arte.
Billy Joel es una especie de memoria colectiva hecha música. Es un himno íntimo para cada ocasión: el amor nuevo, el amor que regresa, el que se pierde, la infancia que se extraña, la rabia que se calla. Es la voz de todos los que alguna vez dudamos y, sin embargo, seguimos.
Hoy lo imagino en silencio. Tal vez sentado frente al piano sin tocarlo. Tal vez escribiendo versos sin saber aún si serán canción. Y yo quiero creer que sí. Que volverá. Que se pondrá de pie otra vez. Porque hay batallas que se libran con la medicina, pero hay otras que solo puede ganar el arte. Y Billy, lo sabemos todos los que le debemos algún beso o alguna decisión inspirada por su música, aún tiene algo más que decir.
Que se recupere. Que vuelva a componer. Que el piano no se apague porque el mundo y nuestras vidas aún necesitan sus canciones.
Mi playlist de Billy:Piano Man; Just the Way You Are; Scenes from an Italian Restaurant; New York State of Mind; Movin’ Out (Anthony’s Song); Vienna; Uptown Girl; The Longest Time; My Life; She’s Always a Woman; Only the Good Die Young; We Didn’t Start the Fire; Honesty; An Innocent Man; y, The River of Dreams.
Just the way you are para Greis y She is always a Woman para Alo.
