David Bowie. Starman. | Placeres culposos.
Descubrí a David Bowie tarde. Como si uno tropezara con una constelación que había estado ahí toda la vida y…

Descubrí a David Bowie tarde. Como si uno tropezara con una constelación que había estado ahí toda la vida y de pronto la viera. Como si alguien te susurrara: “Te has perdido al artista más vanguardista que ha pisado este planeta”. Y entonces, al escuchar sus discos, al escarbar en sus capas, al mirar sus ojos dispares y sus transformaciones infinitas, no pude hacer otra cosa que rendirme. Entregarme. Devorarlo todo. Convertirme en un obseso feliz. Porque Bowie no solo se escucha: se descifra.
Hay artistas que hacen canciones. Otros que hacen estilos. Y luego está Bowie, que hizo universos. Lo que él representa para el arte no cabe en una categoría ni en un género. Su legado no está solo en sus discos, sino en el mensaje de fondo que los une: puedes ser quien quieras ser.
Decir que fue un genio es apenas un saludo. Decir que fue único es quedarse corto. Bowie fue, junto con Frank Zappa, son la personificación misma de la vanguardia. Ambos fueron exploradores sin mapa, creadores sin moldes, cerebros libres que no pedían permiso. Pero Bowie tenía algo más: una intuición estética que lo hacía eterno. Era música, teatro, moda, cine, poesía, tecnología y filosofía comprimidos en un solo cuerpo que no podía, ni debía quedarse quieto.
Su estilo era una actitud, no una vestimenta. Podía vestir como un caballero del siglo XIX o como un alienígena del año 3000. Y en ambos casos, era él quien dictaba la época, no la época a él.
Y es que Bowie nunca fue parte de su tiempo. Era una anomalía brillante que obligaba al tiempo a ponerse al día. Fue glam antes del glam, punk antes del punk, industrial antes del industrial, pop sin ceder a lo vulgar, jazzista sin dejar de ser rockero. Un artista que hizo de su carrera una serie de mutaciones sucesivas: Ziggy Stardust, Aladdin Sane, el Thin White Duke, el berlinés minimalista, el cantante danzante de los 80, el espectral narrador de Blackstar… Cada Bowie era nuevo, pero cada uno era verdadero.
Es también el artista más valiente que he conocido. No por los trajes, ni por el maquillaje, ni por la ambigüedad sexual que mostró cuando eso podía costarte todo. Fue valiente porque siempre se atrevió a dejar de ser quien era. Porque tuvo el coraje de matar a sus personajes, a sus fórmulas exitosas, a sus zonas de confort. ¿Cuántos artistas en la cima deciden abandonar su identidad para convertirse en otra cosa, sin garantías? Bowie lo hizo una y otra vez. Y no por pose, sino por necesidad vital. Reinventarse no era una estrategia, era su oxígeno.
Y sin embargo, fue también un alma melancólica, frágil, luminosa. En Life on Mars? está la belleza absurda de la existencia. En Heroes, ese amor imposible que resiste el tiempo. En Lazarus, el adiós más poético que jamás ha dado un artista en su lecho final.
He escuchado a muchos artistas, y admiro profundamente a varios. Bob Dylan, por ejemplo, mi otro solista favorito, me enseñó el poder de las palabras, la profundidad del lenguaje. Pero Bowie… Bowie fue otra cosa. Me enseñó el poder de ser muchos. De no tenerle miedo al cambio. De hacer del arte un campo de batalla donde la identidad, el sonido y la emoción se destruyen y renacen cada vez.
Escuchar sus discos se volvió una especie de liturgia personal. Hunky Dory, The Rise and Fall of Ziggy Stardust and the Spiders from Mars, Low, Scary Monsters, Let’s Dance, Outside, Blackstar… Cada álbum es una época, un tono, un paisaje emocional distinto. Pero en todos ellos hay un eco común: la búsqueda sin fin de algo nuevo. La necesidad de que el arte no sea una repetición, sino una exploración radical.
Y luego está su presencia. Esa mirada hipnótica (una pupila dilatada por un golpe juvenil, que lo hacía parecer de otro mundo). Esa voz que podía ser cálida o aterradora, cercana o alienígena. Ese cuerpo que sabía habitar el escenario como un extraterrestre que acababa de llegar de otra galaxia, pero que entendía perfectamente nuestros dolores humanos.
El arte necesita de figuras así para recordarnos que la vanguardia es posible. Que aún se puede ir más allá. Que hay quienes no repiten, sino que arriesgan. Que no todo está dicho.
David Bowie fue uno de ellos. El más brillante de todos.
Una brújula que apunta hacia el futuro, incluso ahora que ya no está.
Un espejo que no devuelve nuestro reflejo, sino lo que podríamos llegar a ser.
Un visitante del mañana que nos dejó las instrucciones para construir algo distinto, algo hermoso, algo nuestro.
Y entonces lo entendí: no lo descubrí tarde.
Lo descubrí cuando estaba listo para mirar hacia el futuro sin miedo. Y Bowie ya estaba ahí. Esperando. Como siempre.
Por cierto, un capítulo de mi nuevo libro de ficción “Cuentos del más allá” trata de un encuentro fortuito entre Bowie que viene del futuro y Dylan que viene del pasado, para encontrarse en el presente y evidenciarse como viajeros en el tiempo. Por cierto, disponible en Kindle.
Playlist recomendado: Space Oddity, Life on Mars?, Starman, Changes, Ziggy Stardust, Heroes, Ashes to Ashes, Let’s Dance, Modern Love, Rebel Rebel, Fame, China Girl, Young Americans, Moonage Daydream, The Man Who Sold the World, Lazarus, Blackstar, Sound and Vision, Golden Years y Absolute Beginners.
Wild is the wind para Greis y Kooks para Alo.
