sábado, 07 de marzo de 2026

Sting: el alquimista. | Placeres culposos

Sting pertenece a esa estirpe extraña de músicos que fueron más allá del éxito, más allá de los géneros, más…

Por: Nosotros WebStaff , En: Códigos de poder Opinión , Día Publicado: 16 agosto, 2025

David Vallejo

Sting pertenece a esa estirpe extraña de músicos que fueron más allá del éxito, más allá de los géneros, más allá incluso del tiempo. No fue simplemente el cantante de The Police ni un solista virtuoso: fue, y sigue siendo, un alquimista. Uno que mezcló jazz con reggae, pop con literatura, misticismo con compromiso, y transformó cada fusión en oro.

Nacido como Gordon Matthew Thomas Sumner en Wallsend, una ciudad gris del norte de Inglaterra, comenzó su vida profesional como maestro de primaria. Enseñaba literatura e inglés. Quizá por eso, cuando escribe una canción, uno siente que hay un narrador detrás. Un lector voraz. Un buscador. Su apodo, “Sting”, surgió de un suéter a rayas negras y amarillas que lo hacía parecer una abeja. Curioso, simbólico y profético: el aguijón que dejó en la música global todavía arde.

Con The Police reescribió las reglas. En plena era del punk, crearon un híbrido irreverente, sofisticado, rebelde y melódico que conquistó el mundo. Álbumes como Zenyatta Mondatta o Synchronicity vendieron millones y definieron una generación. La batería de Stewart Copeland, la guitarra atmosférica de Andy Summers y el bajo melódico de Sting se convirtieron en una tríada inconfundible. Pero era su voz luminosa, melancólica, libre, la que sostenía todo. Cuando cantó Roxanne, nadie volvió a ver a las prostitutas como antes. Cuando cantó Every Breath You Take, muchos creyeron escuchar una balada romántica. En realidad, hablaba de obsesión. De control. De la delgada línea entre el amor y la vigilancia.

Luego vino la libertad. Su carrera como solista más que una continuación, fue una expansión. The Dream of the Blue Turtles marcó el inicio de una exploración sin fronteras. Grabó con Branford Marsalis, coqueteó con el jazz, se sumergió en el flamenco, cantó en latín, y rescató canciones del siglo XVI con un laúd entre las manos. En una industria obsesionada con fórmulas, Sting eligió el riesgo. En un mercado enfocado en el consumo, él apostó por el arte.

Cada álbum suyo es un mapa. Nothing Like the Sun, Ten Summoner’s Tales, Mercury Falling, Sacred Love. Todos distintos. Todos llenos de referencias a Shakespeare, Jung, la Biblia, Camus. Escuchar sus letras es encontrarse con un hombre que lee, que piensa, que duda. Russians fue una súplica en tiempos de guerra fría. Décadas después, en plena invasión a Ucrania, volvió a escucharse como si fuera nueva. Porque su mensaje no envejece.

Sting desafió también la armonía. Jugó con compases irregulares, escalas exóticas, armonías disonantes. Lo hizo con una naturalidad tan elegante que parecía sencillo. Pero debajo de cada canción hay una arquitectura invisible, compleja y precisa, como un poema oculto en un espejo.

En el escenario, no hay poses vacías. Practica yoga todos los días desde hace décadas. Tiene un rancho ecológico en Toscana donde produce su propio vino, su miel, su aceite. Cree en el equilibrio. En el respeto. En la tierra. Y también en la acción: fundó junto a su esposa Trudie Styler la Rainforest Foundation, luchando por los derechos de los pueblos indígenas del Amazonas desde mucho antes de que eso se volviera tendencia.

Y como si todo eso no bastara, ha actuado en teatro y cine. Ha escrito libros. Ha colaborado con músicos árabes, latinos, renacentistas. Ha cantado en francés, italiano, alemán, español. En The Last Ship, su musical sobre los astilleros de su infancia, compuso una elegía obrera de dignidad y orgullo.

Sting canta bien, escribe bien y vende discos. Ha hecho todo eso manteniéndose fiel a sí mismo. Ha creado belleza sin renunciar a la inteligencia. Ha llevado la música pop a lugares donde la filosofía y el arte clásico conviven con el jazz y la intuición. Ha demostrado que el compromiso no está peleado con la estética. Que el amor, cuando es libre, canta con más fuerza.

Al final, Sting no se mide por cifras, aunque ha vendido más de 100 millones de discos, ganado 17 Grammys, un Globo de Oro y un Emmy. Se mide por lo que deja. Por lo que despierta. Por las preguntas que siembra en silencio tras el último acorde.

“Si alguna vez pierdo mi fe en ti”, escribió. Y millones de nosotros, al escucharlo, supimos que todavía quedaba música en la que valía la pena creer.

Playlist recomendado: Fields of Gold, Englishman in New York, Fragile, If I Ever Lose My Faith in You, Russians, Shape of My Heart, Desert Rose, Mad About You, Every Breath You Take, Roxanne, Message in a Bottle, Don’t Stand So Close to Me, Walking on the Moon, So Lonely, King of Pain.

Fragile para Greis y Fields of gold para Alo.

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