Mercedes Sosa, gracias a la vida.
Mi hermana Mary José cumple años. Y aunque he buscado muchas veces qué regalarle, nunca encuentro algo que iguale su…

Mi hermana Mary José cumple años. Y aunque he buscado muchas veces qué regalarle, nunca encuentro algo que iguale su forma de dar. Siempre fue así: aprensiva, preocupona, sensible hasta el alma, pero noble como pocas personas. Tiene una luz que no presume y una bondad que no descansa. Desde que llegó al mundo cambió el mío. Y si existe una manera de decirle cuánto la quiero, es escribiendo sobre Mercedes Sosa, porque nadie representa mejor el canto de Latinoamérica ni el corazón de las mujeres. Y sé cuánto le gusta.
Siempre pensé que tenía un alma hippie, y le regalaba cosas que parecían salidas de una feria bohemia: pulseras de hilo, un dije de elote o discos viejos con cantos de protesta. Hace pocos años, por fin se atrevió y me dijo: “José, no soy hippie.”
Por eso, en esta ocasión —y por la distancia— le dedico esta columna sobre la espiritualidad de lo simple, la pureza sin artificio y la rebeldía que se expresa cantando en voz de la cantora.
Mercedes nació en Tucumán, hija de un obrero y una lavandera, entre el polvo dulce de la zafra. De ese suelo áspero brotó una voz que no pertenecía a la tierra, sino al destino. Era una voz de cobre, miel y raíz. Una voz que no se imponía por potencia, sino por verdad. Cantaba como si cada palabra tuviera una historia que sanar, como si detrás de cada nota hubiera un país esperándola.
No quería que la llamaran cantante; prefería ser cantora, porque —decía— “el cantante es el que puede, pero el cantor es el que debe.”
Y ella debía cantar, incluso cuando cantar era peligroso. Cantó exiliada, vigilada, censurada y enferma. Cantó de pie, sentada y casi sin aliento. Pero siempre cantó. Porque su voz, más que suya, era la voz del pueblo. Cantaba por los trabajadores, por los hijos ausentes, por los silenciados y por las mujeres que resistían en la sombra.
Su estilo era fuego y ternura. En un mismo verso podía estremecer y consolar. Cantaba con la dignidad de una estatua y la emoción de una madre. En sus graves se oía el trueno de la montaña; en sus agudos, el temblor del alma. Y cuando callaba, el silencio seguía cantando por ella. No necesitaba adornos: su interpretación era pura presencia. Era imposible escucharla sin sentir que algo se movía por dentro, sin recordar de dónde venimos y por qué seguimos.
Dejó álbumes que son mapas del corazón: La voz de la zafra, Canciones con fundamento, Mujeres argentinas, Homenaje a Violeta Parra, Mercedes Sosa en Argentina, Alta fidelidad, Cantora. Cada uno es un testamento de belleza y resistencia. Pero si hay dos canciones que me acompañan, que se vuelven refugio cuando todo duele, son Gracias a la vida y Como la cigarra. La primera agradece incluso el dolor, como quien aprende a mirar la luz desde la sombra. La segunda, escrita por María Elena Walsh, es una metáfora de ella misma: “Tantas veces me mataron, tantas veces me morí, sin embargo estoy aquí, resucitando.”
Cuando estoy triste, recurro a Mercedes. No sólo a su voz, sino a su alma. Porque en ella reconozco algo que también habita en mi hermana: esa fe que no se apaga, esa ternura que cura sin decir palabra. Cuando suena Gracias a la vida, pienso en Mary José y en todo lo que su existencia me enseñó sin proponérselo. Y cuando suena Como la cigarra, veo a ambas renaciendo una y otra vez: una desde el canto, la otra desde la justicia.
Mercedes Sosa fue una llama que convirtió el dolor en belleza. Y Mary José, en su cumpleaños, me recuerda que ese fuego sigue vivo en cada gesto de amor.
Gracias a la vida, Mercedes.
Gracias a ti, Mary José.
Porque algunas voces son fuego, y algunos corazones —como los suyos— siguen cantando incluso cuando el mundo calla o desafina desde el racismo y lo injusto.
Canciones recomendadas: Alfonsina y el mar; Gracias a la vida; Solo le pido a Dios; La maza; Como la cigarra; Todo cambia; Zamba para no morir; La pomeña; Duerme negrito; La maestra; y, Cuando tenga la tierra; Canción con todos.
Corazón libre de Greis y Yo vengo a ofrecer mi corazón para Alo.
