What a Wonderful World.
Sigo con mis columnas de diciembre, esas que escribo mientras cae el frío y la música acompaña como si abrazara….

Sigo con mis columnas de diciembre, esas que escribo mientras cae el frío y la música acompaña como si abrazara. Me gusta volver a los artistas que han estado conmigo en instantes de claridad y en esos otros que buscan consuelo. Louie Armstrong aparece siempre en este tramo del año, como si su trompeta supiera que diciembre necesita calidez y una sonrisa. Me sucede desde hace tiempo. Lo escucho y algo dentro encuentra su lugar. Algo respira mejor. Algo regresa a la vida.
Existen canciones que ordenan lo que uno siente y que iluminan espacios que habían perdido su brillo. What a Wonderful World tiene ese efecto en mí. Empieza y el mundo baja la velocidad. La melodía flota como un recordatorio amable de lo que todavía puede salvarnos. A veces pienso que Louie la dejó grabada como un gesto íntimo de esperanza, una forma de decir que la belleza continúa existiendo incluso cuando el día amenaza con volverse áspero.
Pienso en su historia y comprendo por qué su música toca tan hondo. Creció en un barrio sin tregua, entre pobreza dura y un racismo que se ejercía a plena luz. Quienes nacían ahí heredaban un destino rígido, escrito con letra fría. En medio de esa vida complicada, un niño pequeño aprendió a tocar la trompeta y encontró un brillo que jamás volvió a apagarse. Esa trompeta lo rescató. Lo llevó a escenarios donde los aplausos cruzaban fronteras. Cruzaban prejuicios. Cruzaban heridas que venían de generaciones.
Louie vivió lo improbable para un hombre afroamericano de su época. Entró a estudios de grabación que antes cerraban la puerta a cualquiera que tuviera su color de piel. Filmó películas que abrieron espacios a quienes siempre habían sido relegados. Cantó frente a públicos divididos por barreras raciales y convirtió la música en un acto silencioso de resistencia. Entró a casas donde jamás habría podido entrar sin su trompeta. Cada paso suyo abrió caminos para los que vinieron después. No lo hizo desde la denuncia. Lo hizo desde la alegría, desde la elegancia, desde esa sonrisa que parecía ligera y era, en realidad, un gesto de valentía.
Me conmueve imaginarlo viajando por el mundo como embajador cultural, llevando jazz a rincones donde nadie había escuchado algo parecido. Tocaba con una energía que parecía venir de un lugar sagrado. Su tono reunía fuego y calma. Su voz tenía grietas hermosas, como si cargara la historia completa de una vida difícil y luminosa. Escucharlo es encontrar una lección de dignidad. Una que emerge desde la belleza y no desde el enojo. Desde la música que abraza sin pedir nada a cambio.
Pienso en todo lo que enfrentó. Hoteles que le cerraban las puertas incluso cuando tocaba en sus propias salas. Contratos diseñados para pagarle menos que a cualquiera de sus colegas blancos. Comentarios hirientes que buscaban reducirlo a un estereotipo. Escenarios divididos por líneas invisibles. Aun así, cada vez que subía a un escenario, algo se abría. Algo cedía. Su trompeta reclamaba un espacio que ya nadie podía negar. Dicen que la música derriba muros. Louie lo demostró con cada nota.
A veces vuelvo a sus grabaciones tempranas con los Hot Five y los Hot Seven. Vibra un impulso que parece inaugurar una época. Luego escucho su disco con Ella Fitzgerald y aparece una elegancia que atraviesa el tiempo. Más tarde regreso a La Vie en Rose y descubro otra forma de ternura. Y al final, siempre llego al mismo sitio. A esas primeras notas que flotan como un susurro dirigido a la humanidad entera. Ese instante en que empieza What a Wonderful World.
Decir que me hace sonreír es insuficiente. Me recuerda que las manos que un día sostuvieron una trompeta en un reformatorio de Nueva Orleans terminaron regalándole al mundo una de las melodías más cálidas de la historia. Me recuerda que alguien que enfrentó tantos límites logró ampliarlos para miles de músicos que crecieron admirándolo. Me recuerda que la belleza puede nacer incluso en los lugares donde nadie espera hallarla.
Por eso escribo estas líneas en diciembre. Porque estas fechas piden memoria y agradecimiento. Porque escuchar a Louie es una forma de agradecer por todos los instantes que todavía sorprenden. Porque cada vez que suena What a Wonderful World me convenzo de que existen notas capaces de transformar un día entero.
Cierro la columna como la empecé. Con esa misma canción que vuelve una y otra vez como un abrazo suave. Louie la canta con una serenidad que conmueve. Habla de árboles verdes, rosas rojas, cielos azules y amigos que se saludan. Habla de un mundo que aún puede ser maravilloso. Y mientras lo escucho pienso que quizá esa es la enseñanza de esta época del año. Que la belleza persiste. Que la música cuenta la verdad con una intimidad que ningún otro lenguaje alcanza. Y que, en medio de todo, todavía podemos mirar alrededor y decir en voz baja lo que él nos regaló para siempre.
What a Wonderful World.
Playlist recomendado: What a Wonderful World, La Vie en Rose, Hello Dolly, When the Saints Go Marching In, Mack the Knife, Dream a Little Dream of Me, Stardust, West End Blues, A Kiss to Build a Dream On, Blueberry Hill, When You’re Smiling y Basin Street Blues.
A kiss to build a dream on para Greis What a wonderful world para Alo.
