Sarah Mullally asume como primera arzobispa de Canterbury
La sucesora de Justin Welby inicia su mandato con un histórico “compromiso con la verdad” y un fuerte llamado a la justicia para las víctimas.

En una ceremonia cargada de simbolismo y ante la presencia de los príncipes de Gales, Guillermo y Catalina, Sarah Mullally ha hecho historia al ser investida como la 106 arzobispa de Canterbury. Su llegada al cargo más alto de la Iglesia de Inglaterra no solo rompe el techo de cristal de la institución, sino que marca el inicio de una era de rendición de cuentas tras la renuncia de Justin Welby en 2024.

Durante su primer sermón, Mullally dejó claro que su liderazgo no ignorará las heridas del pasado. La nueva arzobispa puso el foco en el sufrimiento de quienes han sido afectados por los errores internos de la comunión anglicana, subrayando que la institución no debe “pasar por alto ni minimizar el dolor experimentado”. Con una formación previa en enfermería, Mullally aporta una visión de cuidado pastoral centrada en la sanación y la integridad institucional.
Prioridad en la justicia y atención a víctimas de abuso
El mandato de Mullally comienza en un contexto de elevada sensibilidad. La líder religiosa enfatizó que la búsqueda de justicia y acción debe permanecer como una prioridad absoluta. En un mensaje directo a la comunidad, afirmó: “Llevamos a las víctimas y supervivientes en nuestros corazones y en nuestras oraciones, y debemos seguir comprometidos con la verdad, la compasión, la justicia y la acción”.
Esta postura busca restaurar la confianza en una iglesia que ha enfrentado duras críticas por su manejo de casos de abuso. Mullally, quien anteriormente se desempeñó como obispa de Londres, insistió en que el reconocimiento del sufrimiento no debe limitarse a conflictos globales como las guerras en Ucrania, Sudán y Birmania, sino que debe empezar por reconocer los daños ocurridos dentro de las propias estructuras eclesiásticas.

Transparencia y reforma: Los retos de la nueva era
La elección de Sarah Mullally responde a una demanda social de mayor responsabilidad y transparencia. Al asumir el cargo, la arzobispa instó a los fieles a rezar por las personas que han sufrido a raíz de las omisiones y errores cometidos por miembros de la propia iglesia. Su discurso sugiere que el cuidado de los más vulnerables será el eje rector de su gestión.
Con expectativas renovadas, el liderazgo de Mullally se perfila como un esfuerzo por construir una comunidad donde el sufrimiento no sea invisibilizado. Al integrar la empatía y la búsqueda de la verdad como obligaciones inseparables de su función, la 106 arzobispa de Canterbury asume el reto de modernizar la institución mientras enfrenta, de manera abierta, sus problemas históricos.
