El trono del rock.
Pienso en esa caminata con Greis por el estadio, en la expectativa de si el concierto ocurriría o no. Pienso en ese instante en que Grohl apareció en el escenario y en la manera en que los Foo Fighters conquistaron mis gustos, regalándome momentos de alegría y nostalgia para siempre.

En julio de 2015 viajé con Greis a Washington DC por una graduación. Un día aprovechamos para ir a un pequeño club de jazz. Al día siguiente, la escala cambiaría por completo. Meses antes, alguien mencionó que en esas fechas tocarían los Foo Fighters en el RFK Stadium para celebrar su vigésimo aniversario. Poco después, la noticia vendría acompañada de una duda que recorría a todos. Dave Grohl, el vocalista de la agrupación, se había fracturado la pierna días antes en Suecia. La lógica apuntaba a una cancelación que no llegó.
Caminamos largo, con esa mezcla de expectativa y ligereza que todavía se permite quien disfruta el trayecto con la fuerza de la juventud. Una toalla, calor, gente avanzando en la misma dirección. Antes del acto principal, el escenario se convirtió en un recorrido por la raíz del rock. Buddy Guy apareció con una guitarra que parecía haber vivido varias vidas y su camisa con puntos. Después Joan Jett, con la misma actitud que la volvió eterna. Era un día diseñado para entender de dónde viene todo esto.
Luego, Grohl apareció sentado en una estructura imposible que luego se puso de moda. Un trono metálico, iluminado, desproporcionado y, al mismo tiempo, perfectamente lógico para alguien que entiende el espectáculo como una extensión de la voluntad. El cuerpo estaba limitado. La energía, intacta. La voz, incluso más intensa.
El concierto fue largo, generoso, lleno de momentos que se sostienen en la memoria. En algún punto, Taylor Hawkins tomó el micrófono y cantó Under Pressure, mientras el exbaterista de Nirvana descansaba un momento para volver con más energía. No pareció un descanso dentro del show, sino una declaración de identidad. Hawkins era un baterista que cantaba, un músico completo que entendía el escenario como un espacio compartido.
Luego de más de dos horas de concierto, que sentí como un instante, mi relación con la banda cambió.
Hasta ese momento, para mí, Foo Fighters era el proyecto del baterista de Nirvana, un grupo con canciones eficaces y videos ingeniosos. Después de esa noche, se volvió algo más serio y profundo. Algo mucho más propio.
Foo Fighters nace en 1994, en un momento donde el silencio parecía inevitable. Tras la muerte de Kurt Cobain, Grohl grabó una serie de canciones tocando todos los instrumentos. Ese material se convirtió en el primer disco, un gesto más cercano a la necesidad que a la ambición. Nadie esperaba que aquello se transformara en una de las bandas más importantes del rock contemporáneo.
El nombre, tomado de los reportes de pilotos en la Segunda Guerra Mundial sobre objetos voladores inexplicables, ya anticipaba una identidad construida entre lo extraño y lo real.
El segundo álbum, The Colour and the Shape, consolidó el proyecto. Canciones como Everlong o My Hero no solo definieron el sonido de la banda, también marcaron una generación que buscaba nuevas formas de canalizar lo que había dejado el grunge.
A partir de ahí, la banda construyó una trayectoria poco común. There Is Nothing Left to Lose mostró una versión más pulida y melódica.
One by One llevó la energía a otro nivel con temas como All My Life.
Wasting Light regresó al origen, grabado en cinta analógica en el garaje de Grohl, con una crudeza que conectó con el espíritu inicial, mi álbum favorito de la agrupación.
La banda se convirtió en una máquina de conciertos por volumen y por entrega. Shows largos que se sienten, interacción constante, una relación con el público que se construye canción por canción. Grohl entiende el escenario como un espacio de comunión y fiesta. La agrupación se entrega y brinda al público lo que espera.
Luego llegó uno de los golpes más duros. La muerte de Taylor Hawkins en 2022. La banda perdió a su eje emocional en vivo, a ese músico que potenciaba aún más la intensidad y carisma de Grohl con una alegría difícil de replicar. El duelo se convirtió en música con But Here We Are, un disco donde la pérdida se siente en cada nota.
La historia continuó. El lanzamiento más reciente, Your Favorite Toy en 2026, marca una nueva etapa. Una banda que decide seguir con nuevos integrantes en la batería, pero con la misma idea central, transmitir energía y tocar como si cada concierto fuera el primero y el último al mismo tiempo. Hacer rock en tiempos de reguetón y pop.
Hay detalles que explican mejor que cualquier análisis. Grohl tocando con la pierna rota desde un trono diseñado para él representó al vasallo que se convirtió en rey en el aniversario de la agrupación, mientras podía vivir del pasado y eligió seguir apostando por construir legado.
Pienso en esa caminata con Greis por el estadio, en la expectativa de si el concierto ocurriría o no. Pienso en ese instante en que Grohl apareció en el escenario y en la manera en que los Foo Fighters conquistaron mis gustos, regalándome momentos de alegría y nostalgia para siempre.
Playlist recomendado:
This Is a Call, Big Me, Monkey Wrench, Everlong, My Hero, Learn to Fly, Breakout, All My Life, Times Like These, Best of You, The Pretender, Long Road to Ruin, Walk, Rope, These Days, Something from Nothing, Run, Shame Shame, Rescued y Your Favorite Toy.
Everlong para Greis y My Hero para Alo.
