McCartney. | Placeres culposos.
Opinión Códigos de Poder por David Vallejo Se le ha llamado Beatle, melodista increíble, bajista elegante y el mejor compositor…
Se le ha llamado Beatle, melodista increíble, bajista elegante y el mejor compositor de música popular. Paul McCartney es todo eso y mucho más, una de las inteligencias musicales decisivas de la cultura contemporánea. El artista de rock de mayor trascendencia en la historia, porque nadie reunió con semejante naturalidad la invención melódica, la ambición popular, la disciplina de estudio, el instinto escénico, la longevidad creativa y esa rara virtud de hacer sentir sencilla una arquitectura musical de precisión casi sobrenatural.

La historia suele preferir los temperamentos rotos. Por ejemplo, John Lennon recibió durante décadas el lugar del genio herido y el profeta ácido. McCartney quedó convertido en la contraparte más eficiente y sonriente. Una injusticia cómoda, sin embargo, los documentales recientes, en especial Get Back, restauraron una imagen que evidencia a Paul como motor, artesano, director emocional, músico que escucha una habitación en silencio y la convierte en canción. Mientras espera a Lennon, toca el bajo, busca un pulso, repite un fraseo y empuja una célula rítmica hasta que “Get Back” empieza a nacer delante de la cámara. Esa escena vale por una biografía entera. Un hombre sentado, casi distraído, encuentra una canción que luego cantará el mundo.
McCartney nació en Liverpool en 1942 y creció entre la música familiar, el humor obrero, la austeridad de la posguerra y una tristeza temprana que jamás abandonó su obra. Su madre, Mary, murió cuando él tenía catorce años. Esa pérdida lo unió de manera secreta con Lennon, quien también perdió a su madre, Julia. Detrás de la sonrisa de Paul se formó una educación sentimental marcada por la ausencia. De ahí viene una parte de su misterio. Sus melodías parecen abiertas, hospitalarias, fáciles de abrazar, aunque muchas llevan una sombra delicada. “Yesterday” sueña con una inocencia perdida, “Eleanor Rigby” observa la soledad colectiva con una compasión escalofriante y “Let It Be” convierte la visita soñada de su madre en una oración laica.
Su forma de componer fue siempre un milagro de oído y oficio. McCartney carecía de formación académica formal para leer partituras con soltura, pero pensaba en melodías completas, líneas de bajo, movimientos armónicos, respiraciones vocales y arreglos orquestales con una intuición superior a la de muchos músicos educados en conservatorio. Podía cantar una cuerda a George Martin, sugerir una trompeta piccolo para “Penny Lane”, convertir una balada en miniatura barroca o hacer que un bajo caminara por debajo de la canción como personaje propio. Su Höfner, pegado al cuerpo, dejó de ser acompañamiento y se volvió voz paralela. En “Something”, “Rain”, “Come Together”, “Paperback Writer” o “With a Little Help from My Friends”, el bajo conversa, empuja y seduce a la vez.
Una de las grandes curiosidades de su vida artística es que el McCartney asociado con la melodía clásica fue también uno de los Beatles abiertos a la vanguardia londinense. Antes de que Lennon quedara asociado con la experimentación conceptual, Paul frecuentaba ambientes artísticos, escuchaba música concreta, jugaba con cintas, loops, collages sonoros y posibilidades de estudio que entrarían en Revolver y en otras búsquedas del grupo.
Si Lennon fundó The Beatles, Paul sostuvo su movimiento cuando el grupo empezó a transformarse de fenómeno juvenil en laboratorio cultural. Fue decisivo en Sgt. Pepper’s, empujó ideas de concepto, cuidó arreglos, defendió sesiones largas y buscó precisión tanto musical como conceptual. También pudo ser exigente y obsesivo, generando incomodidad. Sin embargo, la genialidad colectiva exige fricciones. George Harrison resintió su control, Lennon se cansó de su empuje y Ringo, con su sabiduría rítmica y humana, mantenía la tierra bajo los pies. De esa tensión salió una obra que cambió la música popular y con ello, el mundo entero. La hermandad creativa Lennon/McCartney fue amistad, rivalidad, dependencia y creación. Cuando uno lograba una cima, el otro respondía con otra. Esa competencia íntima dejó canciones que son patrimonio emocional de la humanidad.
Tras la separación de The Beatles, McCartney enfrentó una prueba que ningún artista habría elegido. ¿Cómo seguir después de haber pertenecido al centro del siglo? Primero grabó McCartney, casi en soledad, con instrumentos caseros y heridas recientes. Luego llegó Ram, una obra incomprendida en su estreno y venerada décadas después por su libertad, su rareza doméstica y su alegría extraña. Después fundó Wings con Linda, su amada esposa y cómplice, contra la burla de muchos y contra el peso del apellido Beatle. Empezó de nuevo, en camionetas, universidades y escenarios menores, buscando una banda donde antes había existido una mitología.
Wings fue una segunda vida. “Band on the Run”, “Jet”, “My Love”, “Live and Let Die” y “Silly Love Songs” demostraron que Paul podía levantar otra catedral de rock pop fuera de Abbey Road. Band on the Run, grabado entre tensiones, robos, calor africano y crisis de formación, terminó siendo una reivindicación artística. Con Wings aprendió otra forma de liderazgo, acompañado por Linda, defendiendo una familia en movimiento, llevando hijos, canciones y escenarios en la misma travesía.
Su carrera posterior tiene altibajos, desde luego, porque una trayectoria tan larga también deja caprichos, discos irregulares y decisiones discutibles. Sin embargo, he disfrutado toda su discografía y, si bien hay álbumes que rozan la perfección, otros son geniales o, de perdido, de buenos a muy buenos. Esa variedad y humanidad engrandece su figura porque McCartney jamás se congeló en la estatua. Grabó con Michael Jackson, Rihanna, Elvis Costello, George Martin, Youth, productores jóvenes y músicos de distintas generaciones. Hizo música clásica, electrónica, discos caseros, canciones de amor, experimentos, homenajes y despedidas. La leyenda prudente vive de reediciones, mientras Paul sigue entrando al estudio, buscando melodías y llenando estadios con su grandeza.
Official Charts lo ha reconocido como el artista con mayor éxito histórico en álbumes dentro del Reino Unido, con veintitrés números uno al sumar The Beatles, solista, Wings y colaboraciones. Fue inducido al Rock and Roll Hall of Fame con The Beatles y luego en solitario. “Yesterday” figura entre las canciones con mayor cantidad de versiones registradas en la historia. Pero las cifras, aunque impresionantes, quedan pequeñas frente a las canciones y melodías que se volvieron recuerdos personales de millones de personas que jamás se conocerán entre sí.
Alguien, como yo, se enamoró con “Maybe I’m Amazed” en la mente, se despidió con “Let It Be” en la boca, aprendió guitarra con “Blackbird” en la imaginación y hasta bailó en el baño con “Ob La Di, Ob La Da”. También existe quien descubrió la melancolía con “Yesterday” o entendió la amistad perdida con “Here Today”. Alguien escuchó “Hey Jude” en una etapa oscura y sintió que una multitud desconocida le cantaba al oído. McCartney volvió masiva la intimidad.
Por eso resulta emocionante que, a sus ochenta y tres años, siga girando, cantando, tocando el bajo, sentándose al piano, levantando el puño, conversando con Lennon en una pantalla, recordando a George con un ukulele, saludando a Ringo desde la memoria compartida y presentando canciones nuevas. A esa edad, muchos artistas administran su propio museo, mientras Paul insiste en abrir ventanas. The Boys of Dungeon Lane, estrenado el día de hoy, es de esos álbumes que rozan la genialidad, nostálgico, centrado en Liverpool, en la infancia, en los amigos, en la familia y en la memoria. La crítica ha señalado una voz envejecida, inevitablemente frágil, pero todavía capaz de sostener melodías con una emoción que el virtuosismo juvenil jamás podría fingir.
El título mira hacia Dungeon Lane, hacia el paisaje de Liverpool donde empezó todo antes de que los estadios, las coronas británicas, los Grammys, los discos de platino y los millones de voces alteraran la escala del destino. El disco incluye un dueto con Ringo Starr que ya ha sido leído como un acontecimiento afectivo, porque escuchar a los dos Beatles sobrevivientes cantar sobre el origen compartido produce algo que excede la crítica musical. También aparecen canciones vinculadas al recuerdo de George Harrison, a la familia, a la edad y a la infancia convertida en patria interior. Andrew Watt, productor de una generación distinta, parece haberlo empujado hacia una energía directa, sin disfraces juveniles. La reseña de The Guardian destaca su don melódico intacto. AP habla de un álbum entrañable y lleno de encanto. Rolling Stone UK lo presenta como un viaje afectuoso al pasado. Esa mezcla resulta profundamente McCartney.
También conmueve pensar en sus curiosidades, en ese Paul que soñó “Yesterday” y caminó durante semanas preguntando si la melodía pertenecía a alguien, en el joven que compuso “When I’m Sixty Four” antes de imaginar realmente la vejez, en el hombre que todavía se pregunta qué habría dicho John ante una canción nueva, en el bajista que transformó un instrumento secundario en una voz narrativa, en el padre que subió a su familia a la carretera, en el viudo que escribió canciones para Linda y en el amigo que cantó “Here Today” para Lennon cuando ya era imposible responderle.
McCartney sigue demostrando que la canción puede ser accesible y profunda. Puede entrar por la memoria antes de pedir permiso a la inteligencia. Puede acompañar una fiesta, una carretera, una pérdida, una infancia, una boda, una separación y una paternidad. Puede pertenecer al mundo entero y, aun así, sentirse escrita para una persona. Esa es la grandeza de Sir Paul. Sus melodías tienen la forma de algo que ya vivíamos antes de escucharlas.
Verlo en concierto es asistir a una ceremonia de gratitud. Entra al escenario y el tiempo cambia de tamaño. Toma el bajo y, de pronto, Liverpool queda cerca. Se sienta al piano y “Let It Be” parece una lámpara encendida en una casa antigua. Canta temas solistas, canciones de Wings, himnos de The Beatles, piezas nuevas y recuerdos. La voz aparece con grietas, claro, pero esas grietas importan. Son la prueba de que el muchacho que cantó en The Cavern, el Beatle del Shea Stadium, el artesano de Abbey Road y el músico incansable siguen habitando un mismo cuerpo juvenil de rostro arrugado.
Uno de los momentos más bellos de mi vida ocurrió en uno de sus conciertos. Mi hija Alondra era pequeña y me acompañó con Greis, mi esposa. Durante mucho tiempo yo solía cantarle “Blackbird”. Esa canción pertenecía a nuestra pequeña patria familiar, a ese idioma secreto que se forma entre un padre y una hija cuando una melodía empieza a guardar recuerdos. En medio del concierto, después de algunas cervezas, sentí la urgencia humana, vulgar y perfectamente inoportuna de ir al baño. Estando ahí, escuché los primeros acordes de “Blackbird”.
Intenté regresar lo antes posible. Caminé con esa desesperación absurda de quien sabe que está perdiéndose una parte íntima de su vida. Llegué cuando la canción se estaba acabando. Alondra lloraba con un sentimiento que todavía me rompe por dentro. Lloraba porque esa canción había sonado y yo estuve ausente. Lloraba porque, para ella, “Blackbird” éramos los dos. Lloraba con esa pureza que convierte una melodía en una promesa.
Desde entonces, cada vez que suena “Blackbird”, pienso en Paul, claro, en su guitarra, en su manera de hacer que unas notas parezcan volar desde la rama de un árbol. Pero pienso, sobre todo, en Alondra, en la fortuna inmensa de ser su papá. Pienso en esa escena pequeña dentro de un concierto gigantesco. Pienso en la música como una forma de quedarse cerca incluso cuando uno llega tarde.
Esa es la razón final por la que Paul McCartney importa. Porque su obra terminó entrando en los lugares donde la crítica apenas alcanza a mirar. Entró en la historia del rock, en las listas, en los archivos, en las películas, en los estadios, en los museos y en los libros. Pero también entró en el llanto de una niña al escuchar “Blackbird” sin su padre al lado. Entró en la culpa tierna de ese padre y en la memoria que ambos compartirán para siempre.
Vivir en la misma época que Sir Paul McCartney ha sido una forma de privilegio. Escucharlo es recordar que el mundo, con toda su dureza, todavía puede ser organizado por una melodía. Y verlo en vivo, con el bajo colgado, el piano enfrente, los años encima y las canciones intactas, equivale a presenciar al artista que le enseñó al siglo XX a cantar y que todavía, en pleno siglo XXI, sigue encontrando nuevas maneras de despedirse sin irse.
Playlist para la ocasión: “Hey Jude”, “Yesterday”, “Let It Be”, “Blackbird”, “Maybe I’m Amazed”, “Band on the Run”, “Live and Let Die”, “Eleanor Rigby”, “Penny Lane”, “Here, There and Everywhere”, “Let Me Roll It”, “The Long and Winding Road”, “For No One”, “Helter Skelter”, “Get Back”, “Paperback Writer”, “Jet”, “My Love”, “Silly Love Songs”, “Golden Slumbers”, “You Never Give Me Your Money”, “Back in the U.S.S.R.”, “Lady Madonna”, “Ob-La-Di, Ob-La-Da”, “Another Day”, “Calico Skies”, “Coming Up”, “Too Many People”, “Uncle Albert/Admiral Halsey”, “Nineteen Hundred and Eighty-Five”, “Junior’s Farm”, “Listen to What the Man Said”, “With a Little Luck”, “No More Lonely Nights”, “Take It Away”, “Temporary Secretary”, “Fine Line”, “Jenny Wren”, “Dance Tonight”, “New”, “Save Us”, “Queenie Eye”, “Fuh You”, “Dominoes”, “Find My Way”, “Women and Wives”, “The Kiss of Venus”, “My Valentine”, “Little Willow”, “Beautiful Night”, “The Back Seat of My Car”, “Dear Boy”, “Every Night”, “Wanderlust”, “Arrow Through Me”, “Mamunia”, “Heart of the Country”, “Home to Us” y “Down South”.
Maybe I’m Amazed para Greis y Blackbird para Alo.
