viernes, 14 de agosto de 2026

Escuchar al mundo.

Opinión Códigos de Poder por David Vallejo En mis tiempos libres suelo imaginar con cuál de los músicos admirados a…

Por: Nosotros WebStaff , En: Códigos de poder Opinión , Día Publicado: 14 agosto, 2026

David Vallejo
Opinión
Códigos de Poder
por David Vallejo

En mis tiempos libres suelo imaginar con cuál de los músicos admirados a lo largo de mi vida disfrutaría una amistad verdadera, una relación capaz de sobrevivir a la fascinación inicial y llegar a las conversaciones largas, los libros compartidos, una comida sin prisa, algún desacuerdo inteligente y la posibilidad de descubrir juntos una canción llegada desde Senegal, Pakistán o Armenia. Dylan me impondría demasiado, Bowie habría despertado una curiosidad infinita y Cohen habría sido un extraordinario compañero de sobremesa. Sin embargo, siempre termino pensando en Peter Gabriel.

La elección tiene menos de musical y mucho más de humana, aunque llevo décadas escuchándolo y sus grabaciones en vivo de los años ochenta ocupan para mí un sitio privilegiado dentro del rock. Plays Live, publicado en 1983 a partir de cuatro conciertos estadounidenses del año anterior, conserva una energía difícil de encontrar incluso en sus discos de estudio, con Tony Levin haciendo del bajo una presencia física, Jerry Marotta construyendo ritmos enormes, David Rhodes llenando espacios con la guitarra, Larry Fast envolviendo todo con electrónica y Gabriel cantando “San Jacinto”, “The Rhythm of the Heat”, “Games Without Frontiers”, “Shock the Monkey” o “Biko” con una intensidad cercana al trance. Incluso tuvo la elegancia de advertir en los créditos acerca de ciertas correcciones realizadas posteriormente en estudio y bautizó aquella pequeña trampa con una palabra deliciosa, “cheating”.

Había comenzado muy lejos de esa madurez. Era un adolescente de Surrey, hijo de una pianista y de un ingeniero eléctrico e inventor, combinación familiar casi premonitoria para alguien cuya vida acabaría situada entre música y tecnología. A los 17 años participó en el nacimiento de Genesis junto a compañeros de Charterhouse y, durante la primera mitad de los setenta, transformó gradualmente el papel del vocalista de rock. Salió al escenario con una cabeza de zorro y vestido rojo, se convirtió en flor gigantesca durante “Supper’s Ready”, encarnó a Britannia, al anciano de “The Musical Box”, a Magog y al grotesco Slipperman de The Lamb Lies Down on Broadway. Entre canción y canción inventaba relatos surrealistas durante las afinaciones de sus compañeros y aquellas ocurrencias terminaron integrándose al lenguaje de Genesis hasta convertir cada concierto en una experiencia situada entre rock, literatura fantástica, teatro inglés y ceremonia.

Con el paso de los años cambió también el hombre detrás de los disfraces. El Gabriel joven parecía necesitar personajes para comunicar sus ideas. El adulto fue abandonando máscaras al tiempo que ampliaba su interés por otras personas, culturas, tecnologías y causas. En 1975 dejó Genesis a los 25 años, justo cuando la banda comenzaba a adquirir dimensión internacional, después de una etapa marcada también por el nacimiento complicado de su primera hija y por el deseo de recuperar una vida familiar lejos de una maquinaria artística cada vez mayor. Renunciar a una identidad tan poderosa en pleno ascenso exige una clase de valentía distinta a la del escenario.

“Solsbury Hill” nació de aquella ruptura. Está construida principalmente en un compás de 7/4, aunque fluye con la naturalidad de una caminata, mientras su autor describe la decisión de abandonar un territorio conocido para obedecer una intuición interior. Después vinieron cuatro álbumes llamados Peter Gabriel, identificados con el tiempo mediante sus portadas, Car, Scratch, Melt y Security, y en ellos puede escucharse a un hombre aprendiendo a utilizar el estudio como instrumento, rodeándose de Robert Fripp, Tony Levin, Kate Bush, Phil Collins, Larry Fast, Jerry Marotta y productores e ingenieros dispuestos a experimentar.

En Melt, de 1980, pidió reducir el uso de platillos para liberar espacio dentro de la percusión y durante las sesiones de “Intruder”, Phil Collins, Steve Lillywhite y Hugh Padgham participaron en el desarrollo de aquel golpe de batería procesado mediante gated reverb cuyo eco acabaría recorriendo la música popular de los ochenta. Gabriel llevaba años persiguiendo sonidos antes de convertirse en fórmulas comerciales y seguiría haciéndolo con el Fairlight CMI, uno de los primeros samplers digitales, grabando golpes, metales, objetos y percusiones para convertir fragmentos del mundo físico en materia musical.

En ese mismo periodo conoció la historia de Steve Biko, dirigente sudafricano contra el apartheid muerto bajo custodia policial en 1977, y escribió “Biko”, una composición austera, ceremonial y devastadora cuya influencia terminó saliendo del estudio para entrar en su propia biografía. Llegaron Amnesty International, las giras Conspiracy of Hope y Human Rights Now!, su cercanía con Nelson Mandela, la creación de WITNESS en 1992 para poner cámaras y herramientas audiovisuales al servicio de defensores de derechos humanos y, años después, su participación junto a Richard Branson en el origen de The Elders, presentado públicamente por Mandela en 2007. Antes del teléfono inteligente convertido en testigo universal, Gabriel ya había comprendido el enorme poder político de una cámara pequeña frente a un abuso enorme.

También dirigió los oídos hacia otros continentes. Escuchó percusiones de Burundi, conoció a Youssou N’Dour, trabajó con Nusrat Fateh Ali Khan, incorporó músicos africanos, asiáticos y de Medio Oriente a sus proyectos y terminó participando en 1982 en la creación de WOMAD, World of Music, Arts and Dance, un festival nacido bajo una idea entonces audaz, músicos procedentes de tradiciones distintas podían compartir escenario sin convertir una cultura en decoración exótica de otra.

La primera edición de WOMAD fue artísticamente memorable y financieramente desastrosa. Las deudas alcanzaron un nivel suficiente para propiciar una reunión extraordinaria de Gabriel con Genesis en el concierto conocido como Six of the Best, celebrado en octubre de 1982 para ayudar a rescatar el proyecto. Un ejecutivo sensato habría archivado aquella aventura. Gabriel persistió y WOMAD terminó extendiéndose durante décadas por numerosos países, al tiempo que Real World Records, fundado en 1989, abrió nuevas rutas internacionales para artistas procedentes de lugares escasamente atendidos por las grandes compañías occidentales. Cerca de Bath levantó además Real World Studios, concebido alrededor del encuentro entre músicos, con una enorme sala donde intérpretes y técnicos podían verse, escucharse y trabajar juntos.

Esa parte de su legado adquiere mayor trascendencia con el paso del tiempo. Gabriel jamás trató la llamada world music como una colección de sonidos pintorescos destinados a adornar sus discos. Su interés produjo infraestructura, festivales, estudios, contratos, colaboraciones, audiencias y carreras. Después surgió el soundtrack Passion, surgido a partir de la música compuesta para The Last Temptation of Christ de Martin Scorsese, reunió voces e instrumentos procedentes de Pakistán, Senegal, Turquía, Armenia, Egipto e India dentro de una obra que logra fronteras sin borrar identidades. Nusrat Fateh Ali Khan encontró allí una de las grandes ventanas hacia nuevas audiencias occidentales y Gabriel confirmó una intuición presente desde años atrás, escuchar otra cultura exige acercarse a ella con curiosidad, respeto y tiempo.

En medio de toda esa exploración llegó So en 1986 y el artista experimental se convirtió en una estrella mundial. “Red Rain”, “Sledgehammer”, “Don’t Give Up”, “Mercy Street”, “Big Time” e “In Your Eyes” pertenecen al mismo álbum, una concentración extraordinaria de canciones, ideas visuales y colaboraciones. “Sledgehammer” alcanzó el número uno estadounidense y su video, construido mediante stop motion, plastilina, pixilación y animación, ganó nueve MTV Video Music Awards en una misma ceremonia. Quince años antes había convertido su cuerpo en personaje mediante máscaras y maquillaje. Ahora utilizaba animación cuadro por cuadro para convertirlo en materia cambiante.

“Don’t Give Up” ocupa para mí un lugar distinto dentro de ese repertorio. Cuando los ánimos andan bajos me da por escucharla, regresar a esa conversación entre Gabriel y Kate Bush en la cual una voz parece agotarse y la otra permanece cerca, acompañando, sosteniendo, recordándole motivos para continuar. Siempre me ha conmovido esa manera tan sencilla de hablar del desaliento y de la compañía, sin grandilocuencia, con dos voces capaces de convertir una canción en refugio.

Mis recuerdos favoritos permanecen ligados al escenario. En las imágenes de Atenas de 1987 vemos a un Gabriel ya famoso, dispuesto todavía a mezclarse con el público, dejarse transportar por cientos de manos durante “Lay Your Hands on Me” y convertir “Biko” en una ceremonia colectiva. Años después, junto al director Robert Lepage, llevaría esa vocación escénica mucho lejos con Secret World Tour y Growing Up, utilizando plataformas, pasarelas, estructuras suspendidas, bicicletas y una enorme esfera transparente dentro de la cual recorría el escenario. El antiguo muchacho de Charterhouse jamás perdió el deseo de encontrar una forma física para una emoción musical.

Su madurez me interesa también por otra razón. Muchos artistas, después de construir una obra monumental, acaban convertidos en administradores de su pasado porque su inspiración se fue y el temor propio o al escrutinio público llegó. Gabriel ha conservado una curiosidad casi juvenil por neurociencia, inteligencia artificial, realidad virtual, audio inmersivo, nuevas formas de distribución, derechos digitales y tecnologías capaces de modificar nuestra relación con el arte. Entre Up e i/o transcurrieron veintiún años y, al regresar con material nuevo en 2023, decidió publicar una pieza durante cada luna llena, acompañarla mediante distintas mezclas y vincular cada canción con una obra visual. En 2025, el trabajo inmersivo de i/o recibió un Grammy y, durante este año, a los 76 años, Gabriel volvió al calendario lunar para ir presentar o\i poco a poco.

Peter Gabriel pudo vivir durante medio siglo de Genesis, de So, de “Sledgehammer” y de una gira permanente de grandes éxitos. Prefirió una vida llena de proyectos inciertos, encuentros improbables, tecnologías todavía inmaduras, artistas provenientes de otros continentes, causas difíciles y discos elaborados durante años. Su trayectoria reúne éxito comercial, riesgo artístico y una rara voluntad de compartir el espacio conquistado con voces ajenas.

Si algún día pudiera sentarme frente a él, evitaría convertir el encuentro en una entrevista acerca de Genesis o Sledgehammer, aunque de ello hablaría en otro encuentro. Preferiría escuchar sus descubrimientos musicales recientes, saber cuál músico africano acaba de encontrar, cuál libro permanece abierto junto a su cama, cuál avance científico lo mantiene despierto, y cuál idea todavía desea intentar a los 76 años. En algún momento le hablaría de Plays Live, de aquellas versiones capaces de seguir estremeciendo cuatro décadas después, y le agradecería una vida dedicada a demostrar cómo la curiosidad puede convertirse también en una forma de generosidad.

Peter Gabriel comenzó siendo un muchacho escondido bajo la cabeza de un zorro y terminó convertido en un hombre empeñado en abrir ventanas hacia los demás. Entre ambos permanece una obra inmensa, aunque su legado verdadero vive en otra parte, en los músicos a quienes ayudó a cruzar fronteras, en las imágenes utilizadas para defender vidas, en los festivales donde culturas lejanas aprendieron a escucharse, en las tecnologías exploradas antes de volverse cotidianas y en esa capacidad intacta para maravillarse ante algo desconocido. Pocos artistas y personas tan grandes como Peter Gabriel.

Playlist recomendado: Supper’s Ready, Firth of Fifth, The Carpet Crawlers, Dancing with the Moonlit Knight, The Lamb Lies Down on Broadway, Solsbury Hill, Games Without Frontiers, Biko, Shock the Monkey, Sledgehammer, Don’t Give Up, In Your Eyes, Red Rain, Mercy Street y Digging in the Dirt.

In Your Eyes para Greis y Solsbury Hill para Alo.