El divo de Juárez, el divo de México.
Opinión Códigos de Poder por David Vallejo Diez años después de su muerte, Juan Gabriel sigue sonando como si nunca…
Diez años después de su muerte, Juan Gabriel sigue sonando como si nunca se hubiera ido. Basta escuchar los primeros acordes de “Amor eterno”, “Te lo pido por favor”, “No tengo dinero” o “Pero qué necesidad” para reconocer algo profundamente nuestro. Una madre, una despedida, una fiesta, un mariachi, alguien que perdió a alguien o alguien que todavía espera.
Alberto Aguilera Valadez nació en Parácuaro, Michoacán, en 1950 y creció en Ciudad Juárez. Conoció desde niño la pobreza y la ausencia. Pasó parte de su infancia internado en una institución para menores, cantó después donde pudo, atravesó momentos de enorme precariedad y antes de alcanzar la fama estuvo preso en Lecumberri. De esa vida improbable nació Juan Gabriel.
Careció de estudios musicales formales. Nunca pasó por un conservatorio. Aprendió escuchando. Tenía un oído excepcional, una memoria melódica formidable y un sentido extraordinario del ritmo. La música parecía ocurrirle por dentro.
Comenzó a componer desde adolescente y terminó construyendo uno de los grandes cancioneros de la música en español. Se le atribuyen más de 1,800 composiciones. Sus canciones fueron interpretadas por Rocío Dúrcal, Vicente Fernández, Lucha Villa, Lola Beltrán, José José, Isabel Pantoja y decenas de artistas.
“Amor eterno” se convirtió en una forma mexicana de despedir a quienes amamos. “El Noa Noa” transformó un centro nocturno de Ciudad Juárez en un lugar de nuestra memoria colectiva. “Querida” hizo de la ausencia un grito. “Hasta que te conocí” convirtió una herida amorosa en una canción que miles pueden cantar juntos como si cada uno contara su propia historia.
Su voz tampoco se parecía a ninguna otra. Estaba lejos de la perfección y precisamente allí encontraba parte de su fuerza. Podía sonar dulce, quebrada, desafiante y dolida. Alargaba una palabra, retrasaba una frase, cambiaba el ritmo y volvía a entrar cuando quería. Cantaba con las manos, con los hombros, con los ojos, con todo el cuerpo.
El momento que mejor resume su historia ocurrió en mayo de 1990, cuando llegó al Palacio de Bellas Artes acompañado por la Orquesta Sinfónica Nacional.
La presentación provocó polémica. Para una parte del mundo cultural mexicano, aquel cantante popular, sentimental y extravagante difícilmente pertenecía al principal recinto cultural del país.
Entonces cantó. Lo que ocurrió quedó convertido en uno de los conciertos más memorables de la música mexicana. Juan Gabriel ocupó aquel escenario con una seguridad extraordinaria. Dirigía a los músicos con las manos, jugaba con los tiempos, improvisaba, bailaba y conducía al público hasta tener al teatro entero rendido frente a él.
La discusión terminó esa noche. El niño que había pasado por una institución para menores, el joven que había conocido Lecumberri y el músico que jamás estudió en un conservatorio estaba ahora frente a la Orquesta Sinfónica Nacional interpretando las melodías que alguna vez solamente habían existido dentro de su cabeza.
Bellas Artes engrandeció a Juan Gabriel y Juan Gabriel engrandeció a Bellas Artes.
También rompió moldes. En un país marcado durante generaciones por una masculinidad rígida, apareció vestido con colores, lentejuelas y movimientos completamente suyos. Nunca necesitó parecerse al charro tradicional para cantar con mariachi ni pidió permiso para ocupar el escenario a su manera. México terminó queriéndolo precisamente así.
En él convivieron muchos Méxicos. Michoacán y Ciudad Juárez. El mariachi y la música fronteriza. La cantina y Bellas Artes. El bolero, la ranchera, la balada, la cumbia y el pop. La tristeza que se canta y la alegría que también necesita una canción.
Vendió más de 100 millones de discos, llenó estadios y plazas y realizó 148 conciertos en el Auditorio Nacional. Las cifras impresionan, pero explican poco frente a lo que ocurrió con sus canciones. Dejaron de ser suyas. Se cantan en bodas y funerales, en fiestas y estadios. Las conocen quienes vivieron sus primeros éxitos y jóvenes nacidos décadas después.
Juan Gabriel murió el 28 de agosto de 2016, pero quedó incorporado en la memoria sentimental de México. Lo recuerdo de blanco en Bellas artes, abriendo los brazos, la música creciendo y el público poniéndose de pie. Durante unos instantes desaparecen las diferencias entre música popular y música culta, entre el muchacho de Juárez y el Palacio, entre el artista y quienes lo escuchan. Era Alberto Aguilera. Era Juan Gabriel. El divo de Juárez. El divo de México. Era México cantándose a sí mismo.
Playlist recomendado: Amor eterno, Querida, Hasta que te conocí, El Noa Noa, Así fue, Abrázame muy fuerte, Se me olvidó otra vez, Costumbres, Yo no nací para amar, Siempre en mi mente, Te lo pido por favor, No tengo dinero, Caray, Pero qué necesidad y Ya lo sé que tú te vas.
Te lo pido por favor para Greis y Abrázame muy fuerte para Alo.
