AC/DC. Placeres culposos.
Uno no elige cuándo aparece la música que lo cambia todo. A veces llega en la adolescencia, otras en una…

Uno no elige cuándo aparece la música que lo cambia todo. A veces llega en la adolescencia, otras en una reunión con amigos, o en la radio de un coche viejo. A veces, simplemente, cuando ya pensabas que nada podía sorprenderte. A mí me pasó con AC/DC. Y aunque no crecí con ellos, su música viene a mí como un recuerdo lejano, uno de infancia, tal vez por la peculiar voz del cantante o los increíbles solos del guitarrista. Hoy me siento como un adolescente de secundaria cada vez que suena Back in Black, Thunderstruck o Highway to Hell. Y sí, lo confieso con una sonrisa ridícula: acabo de palomear un deseo más de mi bucket list, festejando mi cumpleaños la semana pasada, en un concierto de AC/DC, gritando como poseso y viendo al mítico Angus Young salir al escenario vestido de colegial, como si el tiempo no pasara ni por sus piernas ni por su Gibson SG.
Porque eso es AC/DC: una banda que aunque ha envejecido, sigue electrificando. Son uno de los espectáculos más honestos y placenteros que existen. Rock duro, simple, sin pretensiones, directo como una patada pero tan adictivo como la risa de un buen amigo. Nada de egos galácticos. Solo música que te obliga a mover la cabeza, a gritar, a olvidarte del mundo por tres minutos y medio. Pocos grupos generan tanta energía y buena vibra desde el escenario. Y eso, en estos tiempos, es casi medicina.
La historia de AC/DC es un milagro eléctrico nacido en Australia. Fundados por los hermanos Angus y Malcolm Young en 1973, su nombre lo tomaron del símbolo de los transformadores: alternating current / direct current. Una declaración de intenciones. Desde entonces, se han dedicado a recargar nuestras almas con voltaje puro, sin filtros.
Bon Scott, el primer vocalista icónico, era una mezcla de pirata, poeta y demonio de camisa con chamarra de mezclilla. Tenía una voz áspera, callejera, con un encanto sucio y peligroso. Con él grabaron himnos como T.N.T. y High Voltage. Pero la tragedia lo alcanzó en 1980, y muchos pensaron que era el fin. Hasta que llegó Brian Johnson —el mejor cantante sustituto de la historia— con su gorra de obrero y esa voz que no es voz: es un taladro con alma, una locomotora rugiendo en falsete. Su entrada no solo salvó a la banda. Lanzó al mundo uno de los discos más vendidos de la historia del rock: Back in Black. Con más de 50 millones de copias vendidas, sigue siendo la prueba irrefutable de que el rock también puede ser comercial y, sobre todo, popular.
Ese disco es una locura. Cada riff es leyenda. Cada canción, un himno. Hells Bells abre con una campana lúgubre como si el infierno mismo diera la bienvenida. Luego viene la descarga: Shoot to Thrill, You Shook Me All Night Long, Rock and Roll Ain’t Noise Pollution. Una tras otra. Como si supieran exactamente qué parte del cerebro prende el fuego.
Y luego está Angus Young. Ese hombre merece un párrafo eterno. Pinta de travieso perpetuo, uniforme escolar y una Gibson SG como extensión del alma. Desde que lo vi por primera vez en un video en televisión —y sí, lo recuerdo como si fuera ayer— supe que el rock no necesita explicaciones. Solo pasión. Angus no toca la guitarra: la exprime, la corretea, la azota, la convierte en un rayo eléctrico que te atraviesa el pecho sin pedir permiso.
En cada concierto, mientras las modas se extinguen y los años se acumulan, AC/DC se mantiene como un ritual. Un exorcismo colectivo. Su música tiene algo tribal, algo primitivo, algo de blues. Como si el ritmo estuviera en nuestro ADN desde antes de nacer. Puedes pasar veinte años sin escucharlos, pero basta un acorde de Thunderstruck para que el cuerpo reaccione como si una alarma sísmica se hubiera activado. Hay canciones que simplemente te devuelven las ganas de vivir y hay cosas que no se explican, se sienten. Como la felicidad absurda de manejar de noche con Highway to Hell a todo volumen. O ese impulso casi infantil de hacer air guitar con Shoot to Thrill. O la nostalgia dulce de imaginarte adolescente, aunque tengas cuarenta y tantos, con ganas de saltar y tocar una guitarra invisible.
AC/DC nunca quiso cambiar el mundo. Pero cambió miles de vidas. Con cada riff, con cada grito, con cada golpe de batería, construyeron algo más fuerte que la fama: construyeron memoria. Y en mi caso, construyeron un cumpleaños inolvidable, coreando a gritos entre desconocidos que por un par de horas fueron mis hermanos, y a mi amada, que, como emperador romano, levantó el pulgar y me dijo: de aquí cuando me vayas a dar una buena noticia, por favor haz con tu voz el sonido de Thunderstruck.
Porque eso es lo que hace el buen rock. Te conecta con otros. Te conecta contigo. Te recuerda que estás vivo. Y si algún día me preguntan cuál es la mejor manera de celebrar otro año de vida, no lo dudaré: con una cerveza en la mano, mi esposa a un lado, Back in Black en los oídos y Angus Young bailando con esos extraños pasos.
Porque en esta vida hay placeres, y luego está AC/DC. Y eso, mis amigos, es otra cosa.
Playlist de mis canciones favoritas de la banda: Back in Black, Highway to Hell, Thunderstruck, You Shook Me All Night Long, Hells Bells, T.N.T., Shoot to Thrill, Dirty Deeds Done Dirt Cheap, Rock and Roll Ain’t Noise Pollution, For Those About to Rock (We Salute You), It’s a Long Way to the Top (If You Wanna Rock ‘n’ Roll), Whole Lotta Rosie, Rock N Roll Train y Rock or Bust.
Por supuesto, You Shook Me All Night Long para Greis y Thunderstruck antes de dar buenas nuevas.
