sábado, 07 de marzo de 2026

Blues: El grito de las raíces.

Decidí escribir esta columna después de ver Pecadores “Sinners”, la película más reciente de Ryan Coogler, que fusiona distintos géneros,…

Por: Nosotros WebStaff , En: Códigos de poder Opinión , Día Publicado: 7 junio, 2025

David Vallejo

Decidí escribir esta columna después de ver Pecadores “Sinners”, la película más reciente de Ryan Coogler, que fusiona distintos géneros, combinando terror, música y política, con una poderosa estética visual y sonora basada en el blues. Ese lamento hecho canción, una historia de lucha, amor y pérdida convertida en acordes.

Surgió en los campos de algodón del sur de Estados Unidos, en los cantos de trabajo de quienes, privados de libertad y derechos, encontraron en la música una forma de resistencia. Cada nota del blues es un grito de dolor, pero también una celebración de la vida.

Sus raíces están en el delta del Misisipi, donde a finales del siglo XIX los descendientes de esclavos comenzaron a dar forma a un sonido único, con guitarras rudimentarias, armónicas gastadas y voces que parecían haber vivido más de una vida. Los primeros músicos de blues crearon un estilo basado en la repetición hipnótica de tres acordes y doce compases, con la tensión melódica de la blue note, esa nota que suena entre la tristeza y la esperanza.

A principios del siglo XX, el blues comenzó a dejar su huella en grabaciones. Robert Johnson, una de las figuras más enigmáticas del género, dejó solo 29 canciones antes de morir en circunstancias misteriosas. Su leyenda creció con la historia de que vendió su alma al diablo en un cruce de caminos a cambio de su habilidad con la guitarra. Más allá del mito, su estilo y sus progresiones influyeron en artistas de todos los géneros, desde Eric Clapton hasta The Rolling Stones.

El blues del delta migró con su gente a las grandes ciudades del norte, electrificándose en el proceso. Muddy Waters y Howlin’ Wolf transformaron el sonido en Chicago, amplificando la guitarra y llevando la voz a niveles más agresivos. Willie Dixon, además de ser un gran bajista, se convirtió en uno de los compositores más importantes del blues, creando clásicos como Hoochie Coochie Man y Spoonful.

Desde sus inicios, también hubo mujeres que tomaron la música y la convirtieron en su propia forma de expresión. Ma Rainey, conocida como la “Madre del Blues”, grabó canciones que capturaban la esencia del dolor y la pasión con una intensidad cruda. Bessie Smith, con su voz imponente, se convirtió en una de las artistas más influyentes de los años 20, mostrando que el blues podía ser igual de feroz en una mujer que en un hombre.

En los años 50 y 60, Koko Taylor llevó el blues a nuevas alturas con una voz áspera y poderosa que dejaba claro que podía competir con cualquier gigante del género. Etta James, aunque más inclinada al soul, mantuvo una profunda conexión con el blues, dejando una marca imborrable con canciones como I’d Rather Go Blind.

Al blues lo han dado por muerto en muchas ocasiones, cuando la realidad es que solo ha cambiado de forma. B.B. King, con su guitarra Lucille y su inconfundible vibrato, se convirtió en la imagen misma del blues moderno. Stevie Ray Vaughan trajo el género de vuelta en los años 80 con un virtuosismo inigualable. Eric Clapton, aunque británico, dedicó gran parte de su carrera a rendir tributo a los grandes del blues.

En la actualidad, hay nuevos guardianes del blues. Gary Clark Jr. ha llevado el sonido a una nueva generación, fusionándolo con el rock y el soul. Joe Bonamassa ha perfeccionado el arte del blues eléctrico con una técnica impecable. Keb’ Mo’ mantiene viva la esencia del delta con un enfoque más contemporáneo.

Pocos artistas actuales encarnan tanto el espíritu del blues como Christone “Kingfish” Ingram. Originario del Misisipi, su estilo recuerda a los grandes, pero con una fuerza que lo hace único. Su guitarra llora y grita como las de B.B. King o Albert King, pero con una intensidad propia de su generación. Kingfish es la prueba de que el blues sigue evolucionando, adaptándose, pero sin perder su esencia.

En el blues, la guitarra es una extensión de la voz, con bends que lloran y slides que imitan el lamento humano. El ritmo puede ser suave y melancólico o feroz y eléctrico, pero siempre tiene un groove que lo distingue. La voz, ya sea rugiendo como la de Howlin’ Wolf o susurrando como la de Robert Johnson, es el corazón de la música.

Cada vez que alguien toma una guitarra y deja que una nota se arrastre con dolor, el blues sigue vivo. Sin importar cuántos géneros hayan surgido después, siempre habrá un rastro de blues en ellos. El rock, el soul, el jazz, el hip-hop, todos llevan su ADN.

El blues es de esos géneros que prefiero disfrutar a solas, en la noche. Con luces tenues, sin interrupciones. Porque ahí, en su sencillez repetitiva, en sus letras elementales y cicatrices melódicas, encuentro algo más profundo que en cualquier otro estilo musical. Tan rebelde como el rock, pero con causas más hondas. En el blues se siente África, se siente el campo, se sienten las raíces de lo humano.

Playlist del género:
The Thrill Is Gone, B.B. King; Sweet Home Chicago, Robert Johnson; Smokestack Lightnin’, Howlin’ Wolf; Mannish Boy, Muddy Waters; Hoochie Coochie Man, Muddy Waters; Stormy Monday, T-Bone Walker; I’d Rather Go Blind, Etta James; Red House, Jimi Hendrix; Boom Boom, John Lee Hooker; y Pride and Joy, Stevie Ray Vaughan.

I Just Want to Make Love to You, interpretada por Etta James o Muddy Waters para Greis.

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