Bicampeones. Códigos de poder.
Aunque el béisbol jamás fue mi deporte, de niño salía con mi papá y mi hermano a lanzar algunos tiros…

Aunque el béisbol jamás fue mi deporte, de niño salía con mi papá y mi hermano a lanzar algunos tiros con guante. No recuerdo que nos hablara de técnica, tal vez porque su estrategia era otra, enseñarnos sin palabras a esforzarnos, aguantar y divertirnos. El dolor en las manos y el sonido del cuero cuando el guante atrapaba el aire, todo eso se volvió una forma de cariño. Con los años, aquel juego se transformó en ritual, mirar la Serie Mundial en televisa por sus extraordinarios locutores Pepe Segarra, Enrique Burak y Toño de Valdez. Sin Segarra, hoy en día locutor en otra empresa, la transmisión pierde algo de sabor, esa magia de la charla entre tres amigos que conversan con humor, conocimiento y pasión. Y este año, qué lujo de Serie Mundial, qué manera de reconciliarse con la infancia, con el juego, con la emoción de lo imposible.
La temporada había sido larga, caprichosa, llena de altibajos. Los Dodgers llegaron con la experiencia de quien ha aprendido a sobrevivir al cansancio, a los viajes, a los números que jamás cuentan toda la historia. Toronto llegó con hambre, con juventud, con una alineación que creció a golpes de fe. En los dos había talento, aunque en los Dodgers existía algo distinto, una especie de equilibrio entre ciencia y paciencia, entre estrategia y destino. Y algo siempre importante, más experiencia.
Shohei Ohtani fue el sol alrededor del cual giró toda la galaxia del año. Su temporada fue una lección de física aplicada al diamante. Cincuenta y cinco jonrones, más de cien carreras impulsadas y una manera de conectar que parecía trascender la mecánica del cuerpo. En el Juego 3 alcanzó la base nueve veces, hazaña inédita en una Serie Mundial. Los lanzadores de Toronto entendieron que enfrentarlo era como discutir con el destino y prefirieron concederle bases por bolas intencionales, aunque el daño ya estaba hecho. Habían movido el tablero a favor de Los Ángeles. Ohtani reorganizaba el orden cósmico del partido. Detrás de su serenidad japonesa ardía un fuego que encendía a los demás. Freddie Freeman y Will Smith fueron los más cercanos a ese fuego. En las once entradas del Juego 7, cuando todo parecía decidido para los Blue Jays, Smith hizo contacto con una pelota que viajó al cielo y definió la historia. Tal vez Ohtani ya sea el mejor jugador de todos los tiempos, un fenómeno que combina la elegancia de Koufax, la potencia de Ruth y la precisión de un dios del béisbol nacido en otro planeta.
Yoshinobu Yamamoto completó la epopeya. Ganó tres juegos en la Serie, apenas permitió dos bases por bolas y fue elegido el jugador más valioso. En el Juego 2 lanzó ciento cinco veces sin regalar un solo turno. Su precisión fue tan quirúrgica que Toronto pareció desdibujarse. Con él en la loma el béisbol se convierte en meditación, en cada lanzamiento hay una respiración y una promesa, en cada strike una filosofía.
Del otro lado estaba el talento canadiense de Vladimir Guerrero Jr., que se aferra a cada turno con el orgullo de quien carga un apellido legendario, y el heroísmo de Ernie Clement, quien acumuló treinta hits en postemporada y se ganó el respeto de toda la liga. Y ahí estaba también Alejandro Kirk, el orgullo mexicano de Tijuana, con su estatura corta, figura redonda, temple de acero y puntería de cirujano. Su poder de bateo sorprende y su serenidad mantuvo a Toronto en la pelea cuando la presión amenazaba con quebrarlos. Kirk juega con una mezcla de alegría y sabiduría que parece nacida en los campos polvorientos del norte de México, donde los niños aprenden a golpear la pelota con valentía y sonrisa. Fue un símbolo para los aficionados latinos, un recordatorio de que el talento mexicano sigue escribiendo capítulos luminosos en las Grandes Ligas.
Aun así, la profundidad de los Dodgers terminó imponiéndose. Dave Roberts, tantas veces criticado, entendió antes que nadie que su equipo dependía menos del brazo o del bate y más de la orquesta que los une. Durante la temporada regular utilizó más de cuarenta lanzadores, un experimento que muchos consideraron arriesgado, aunque en realidad era un ensayo general para una guerra de resistencia. Su estrategia fue sencilla y brillante, aligerar la carga de cada brazo, mantener frescos los relevistas, dosificar las presiones. Su fórmula se basó en la flexibilidad y en la lectura de los momentos invisibles del juego, esos en los que una decisión temprana cambia el destino de una serie entera.
El Juego 3 quedará en la memoria colectiva. Dieciocho entradas y seis horas con treinta y nueve minutos de béisbol sostenido por el vértigo. Freddie Freeman conectó el jonrón del triunfo en la decimoctava entrada, igualando el récord del juego más largo en la historia de las Series Mundiales, el mismo que los Dodgers habían protagonizado en 2018. Aquella noche el estadio fue un reloj detenido, un lugar donde el tiempo se estira hasta volverse leyenda. Los brazos se agotaban, los relevos se multiplicaban, los ojos de Roberts parecían medir cada latido. En ese encuentro se registró uno de los mayores despliegues de lanzadores combinados en la historia moderna, una demostración de que la estrategia se ha convertido en arte de resistencia. Ganaron por una jugada que en la hoja estadística se resume en dos palabras, Home run, aunque en realidad contiene una eternidad.
Clayton Kershaw se despidió al final de esta temporada después de dieciocho años, tres premios Cy Young y una carrera destinada al Salón de la Fama. Max Scherzer, en las filas de Toronto, ofreció un duelo simbólico, un veterano mirándose en el espejo de otro. La Serie fue también un paso de antorcha entre generaciones, entre quienes dominaron el montículo y quienes comienzan a reinventarlo. En el mismo escenario convivieron el futuro y el pasado del béisbol, ambos vestidos de respeto.
Los números finales cuentan una historia de constancia. Los Dodgers cerraron con noventa y tres victorias en temporada regular, Toronto con noventa y cuatro. Las diferencias se construyeron en los pequeños márgenes, en los relevos que duraron un out de más, en las decisiones de Roberts al leer el pulso invisible del juego. En la Serie se vivió una de las gestiones de pitcheo más profundas de que se tenga memoria, con uso flexible de brazos y una sincronía que definió cada entrada. En cada jugada se tejía una partida de ajedrez entre el dugout y el destino.
Yamamoto cerró la Serie con efectividad de uno punto cero nueve y quince ponches. Ohtani completó una campaña que ya se estudia entre las más impresionantes de todos los tiempos. Freeman, con su jonrón en el juego maratónico, se ganó un espacio junto a las grandes gestas de la franquicia. Miguel Rojas empató el Juego 7 con un batazo que cambió el aire del estadio. Will Smith lo terminó con un golpe de historia. Así se escribió esta secuencia de momentos perfectos que explican por qué el béisbol tiene algo de novela y de liturgia.
Esta Serie Mundial quedará como una metáfora de nuestro tiempo, con equipos llenos de talento, estrategias flexibles, héroes improbables y datos que se vuelven poesía. También quedará la emoción de ver a un grupo de jugadores que lo dieron todo sin mirar el reloj. Y mientras en casa vuelvo a recordar las risas con mi papá y mi hermano, pienso que esa es la esencia del juego, mirar la pelota subir y creer que todo es posible mientras cae de vuelta al guante.
¿Voy bien o me regreso? Nos leemos pronto si la IA y el destino del diamante lo permiten.
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