miércoles, 13 de mayo de 2026

Bodas de oro.

Hay historias de amor que comienzan con una mirada y otras, con una conversación. La de mis padres comenzó frente…

Por: Nosotros WebStaff , En: Códigos de poder Opinión , Día Publicado: 7 mayo, 2026

Código de poder. -DavidVallejo

Hay historias de amor que comienzan con una mirada y otras, con una conversación. La de mis padres comenzó frente a una casa.

Mi madre llegó a Tampico desde otro lugar, joven, inteligente, disciplinada, trabajando ya como química en una época donde abrirse camino exigía carácter y una voluntad de acero. Se hospedó justo enfrente de la casa donde vivía mi padre. A veces pienso en esa coincidencia y siento que ciertas cosas encuentran su rumbo incluso antes de que uno pueda comprenderlas.

Mi padre estudiaba para ser contador y trabajaba al mismo tiempo. Tenía el espíritu alegre de quienes convierten cualquier dificultad en una anécdota y cualquier reunión en una fiesta. Mi madre representaba el orden. Mi padre la espontaneidad. Ella era la entrega y la firmeza que sostiene. Él la bondad y la risa que aligera el peso de los días. Distintos en casi todo, pero unidos en lo esencial. En el amor.

Cincuenta años después sigo pensando que quizá ahí reside el secreto de las grandes historias. Jamás se trató de encontrar a alguien idéntico, ni siquiera parecido. Se trató de encontrar a alguien dispuesto a caminar a tu lado incluso cuando la vida cambia el paisaje.

Vivimos tiempos extraños para el amor. Tiempos veloces. Tiempos donde abundan consejos, diagnósticos, frases perfectas, especialistas improvisados y fórmulas instantáneas para abandonar cualquier relación ante la primera tormenta. Tiempos donde mucha gente conoce teorías sobre amar y muy poca comprende el significado profundo de permanecer.

Mis padres permanecieron. Les tocó vivir etapas difíciles. Días donde el trabajo los obligó a pasar tiempo separados. Momentos de incertidumbre económica. Preocupaciones silenciosas que los hijos apenas alcanzábamos a percibir detrás de las conversaciones de adultos. Les tocó también enfrentar enfermedades y fragilidades que cambian la mirada de cualquier familia.

Y ahí estaban. Hicieron válido aquello que tantas veces se pronuncia casi automáticamente durante una boda y que únicamente algunos logran honrar de verdad con el paso de los años. Permanecer juntos en la salud y en la enfermedad.

Cuando uno se debilitaba, el otro encontraba fuerzas. Cuando uno sentía miedo, el otro aprendía a sostenerlo. Vi a mi madre cuidar a mi padre con una ternura imposible de fingir mientras lo operaban del corazón. Vi a mi padre acompañar a mi madre con una lealtad conmovedora mientras la operaban del corazón para ponerle una válvula de vaca. Después vendrían otros momentos donde mi hermano Federico y Mary José, por amor y cercanía, terminarían convirtiéndose también en refugio y salvación para ambos, cerrando un círculo hermoso donde el amor aprendido regresó multiplicado hacia quienes lo sembraron durante toda una vida.

Porque el amor verdadero también enseña a los hijos a amar. Y quizá ahí existe una forma de inmortalidad mucho más poderosa que cualquier monumento o fotografía. El amor que unos padres entregan a sus hijos continúa viviendo después en las familias que esos hijos construyen. Lo que ellos sembraron en nosotros seguirá viajando hacia los nuestros. La paciencia, la lealtad, la ternura, la capacidad de cuidar, la alegría y el sentido de familia. El amor entendido como presencia incluso durante la distancia y como permanencia frente al tiempo.

Pienso mucho en algo que jamás faltó en ellos incluso en las etapas complejas. La alegría.

Se cuidaron, se toleraron, se defendieron del mundo cuando hizo falta. Aunque existe algo todavía más difícil y más raro, algo que pocas parejas consiguen después de tantos años. Se siguieron divirtiendo juntos. Todavía podían reírse y conversar durante horas. Todavía podían disfrutar un viaje, una comida, una reunión familiar con esa complicidad que únicamente construyen quienes han atravesado décadas enteras tomándose de la mano.

Hace algún tiempo mi padre me dijo bromeando que la clave para durar muchos años, para permanecer juntos, era tener un hijo como yo mientras vivía con ellos, porque si se divorciaban, ninguno quería quedarse conmigo.

Y quizá ahí también vive una parte hermosa del amor duradero. La capacidad de atravesar la vida sin perder el humor. Reír incluso frente al cansancio, frente a los problemas y frente al tiempo. Encontrar todavía espacio para la complicidad después de medio siglo compartido.

Jamás han dejado de ser equipo. Y quizá esa sea la palabra correcta para definir un matrimonio que alcanza medio siglo.

Recuerdo cuando era niño y mis abuelos maternos celebraron sus cincuenta años de casados. Se grabó un video familiar. Yo veía aquellas imágenes sin comprender realmente el tamaño de lo que significaba llegar juntos hasta ahí. Parecía algo natural, casi eterno. Con los años entendí que alcanzar cincuenta años juntos constituye una hazaña silenciosa en un mundo que cambia demasiado rápido y todo se vuelve efímero.

Ahora mis padres llegaron a ese mismo punto. Y la vida quiso regalarnos una escena perfecta. Mi hermano Federico y Mary José organizaron mariachis para celebrarlos, igual que cuando mis padres se casaron en el patio de la casa de mis abuelos. Mientras sonaban las canciones, mientras las voces llenaban la noche, pensé en todo lo que había ocurrido entre aquel primer día y este instante.

Las ausencias, las enfermedades, las preocupaciones, las risas, los sacrificios, las comidas familiares, los viajes, los hijos, las reconciliaciones silenciosas y la vida entera.

Entonces comprendí algo hermoso. El amor duradero jamás se construye únicamente con intensidad. Se construye con paciencia y respeto. Con la capacidad de quedarse incluso cuando resulta más sencillo marcharse. Aprender que juntos son mucho más que dos, como diría Benedetti.

Mis padres me enseñaron que amar consiste en elegir a la misma persona muchas veces a lo largo de una vida distinta en cada etapa. Amar a la joven llena de sueños. Amar a la mujer cansada. Amar durante la enfermedad. Amar a la que fracasa. Amar a la que envejece. Amar incluso cuando el tiempo transforma el cuerpo, las rutinas y las certezas.

Porque al final el verdadero amor jamás depende de permanecer iguales. Depende de permanecer juntos. Y en un tiempo donde tantas personas buscan respuestas afuera, quizá historias como la de mis padres recuerdan algo profundamente sencillo. El amor todavía existe. A veces apenas lo separa una calle. A veces tarda cincuenta años en revelar la magnitud de su belleza.

A mis padres, felicidades por sus bodas de oro. Me da orgullo ser su hijo y haberlos tenido juntos, aunque fuera únicamente por miedo a quedarse conmigo.

¿Voy bien o me regreso?

Felicitaciones de Greis y Alo.