Counting crows: Poetas de la pérdida y la esperanza | Placeres culposos.
En 1993 yo tenía catorce años. Estaba en secundaria cuando Mr. Jones empezó a sonar por todos lados. Era pegajosa,…

En 1993 yo tenía catorce años. Estaba en secundaria cuando Mr. Jones empezó a sonar por todos lados. Era pegajosa, distinta, con una voz que parecía a punto de quebrarse. Todos hablaban de ella, aunque nadie parecía entender del todo de qué hablaba. Ni siquiera yo. Pero la escuchábamos igual, como si algo en ese ritmo nervioso y melancólico nos hablara sin palabras.
Años después, ya lejos de casa, viviendo por primera vez por mi cuenta, descubrí lo que realmente era Counting Crows. Porque una cosa es escuchar un sencillo por la radio, y otra es dejar que una banda entre a vivir contigo. Fue en la universidad y poco después de esta, con los días corriendo sin estructura, con la nostalgia de los domingos, con el corazón aprendiendo a caerse y a levantarse, cuando los conocí de verdad. Y se quedaron conmigo desde entonces.
Counting Crows no es un grupo para multitudes apresuradas. Es para quienes tienen tiempo de sentarse y escuchar. Para quienes encuentran belleza en la melancolía y consuelo en lo imperfecto. Surgieron a principios de los noventa, liderados por Adam Duritz, un tipo que jamás pareció hecho para el espectáculo: introvertido, intensamente emocional, con rastas que desentonaban con todo y una voz que parecía más una confesión que una interpretación.
Su música es una mezcla de rock alternativo, folk, y ese estilo americano de contar historias que se sienten más vividas que escritas. Las letras de Duritz no riman para complacer: fluyen como pensamientos en medio de una conversación nocturna. Hablan de mujeres que se fueron, de ciudades en las que uno se pierde, de la lluvia que siempre parece caer en el momento justo. No hay poses en sus canciones. Solo verdad.
Discos como August and Everything After, Recovering the Satellites, This Desert Life o Hard Candy me acompañaron durante años. Fueron el sonido de las caminatas largas al atardecer, de las madrugadas de estudio, de los silencios después de una despedida. No necesitaban ser populares. De hecho, me gustaba que no lo fueran. Me hacía sentir que su música era mía. Que los compartía con muy pocos. Y eso los hacía aún más especiales.
Después de un tiempo, dejaron de sonar. Las giras se detuvieron. Los discos dejaron de llegar. Duritz hablaba abiertamente de sus problemas de salud mental, de su trastorno disociativo, de esa sensación de no sentirse parte de sí mismo. Y yo, a la distancia, sentí también ese vacío. Como si la voz que me había acompañado por tanto tiempo hubiera decidido guardar silencio. No sé si era él el que necesitaba sanar, o si también éramos nosotros quienes teníamos que aprender a esperarlo.
Y ahora, en 2025, vuelven. Publican Butter Miracle, The Complete Sweets! y algo en mí se recompone. El disco no solo está a la altura de su legado: es una extensión natural de todo lo que han sido. Hay nuevas canciones como Spaceman in Tulsa o With Love, From A-Z, pero con ese mismo espíritu de siempre: vulnerable, auténtico, irrepetible. No suenan como alguien intentando volver a ser. Suenan como quien nunca dejó de serlo.
Todos tenemos un grupo así. Uno que no necesita estadios para ser grande. Uno que no todos entienden, y justo por eso se vuelve más tuyo. Counting Crows es el mío. Y ahora que han vuelto, siento que también vuelve una parte de mí que creí haber dejado en algun lugar lejano, entre libros, despedidas y sueños por cumplir.
Porque hay discos que se escuchan. Y hay otros que se viven. Este es uno de esos. Y en ese rincón íntimo donde viven mis placeres ocultos, Counting Crows sigue ocupando un lugar privilegiado.
Playlist de mis canciones favoritas de la banda: Mr. Jones; Round Here; Rain King; A Long December; Colorblind; Recovering the Satellites; Hanginaround; Anna Begins; Big Yellow Taxi; Omaha; Spaceman in Tulsa; With Love, From A-Z
