viernes, 06 de marzo de 2026

Cuando decir mamón era herejía

En quinto o sexto de primaria aprendí que la música podía ser un secreto poderoso que se transmitía en voz…

Por: Nosotros WebStaff , En: Códigos de poder Opinión , Día Publicado: 27 febrero, 2026

En quinto o sexto de primaria aprendí que la música podía ser un secreto poderoso que se transmitía en voz baja y se guardaba como un pacto invisible entre amigos. Un compañero llegó un día con un casete que circulaba con cautela y emoción, como si llevara dentro una travesura mayor que cualquiera que hubiéramos imaginado. Era el primer álbum de Hombres G, un objeto pequeño que contenía una revolución íntima para quienes apenas empezábamos a entender el mundo.

Corría el rumor de que una palabra en una canción había causado escándalo y que resultaba demasiado atrevida para ciertos oídos. Bastó esa advertencia para que el disco adquiriera la categoría de reliquia prohibida en principio y luego éxito en ventas en México aunque ya tenía años de éxito en España. Recuerdo el plástico de la caja, el sonido leve al abrirla, la cinta enrollada con precisión perfecta. Lo guardé como quien protege un secreto precioso, consciente de que poseía algo que superaba el simple entretenimiento.

En casa lo escuchaba con una mezcla de emoción y reverencia, mis papás ni siquiera cayeron en cuenta del pecado. Las guitarras eran directas y vibrantes, la batería marcaba el pulso con una energía juvenil que parecía desafiar cualquier norma, y la voz de David Summers transmitía una autenticidad cercana. Aquellas canciones tenían algo distinto. Se sentían vivas, espontáneas, creadas por cuatro músicos que tocaban sus instrumentos con convicción y que componían desde la experiencia propia, sin la pulcritud distante de otros ídolos prefabricados.

Con el paso del tiempo aquella banda que inició entre murmullos terminó convertida en popular. La transición resultó fascinante. El grupo que comenzó señalado por irreverente se transformó en presencia constante en radios, fiestas escolares y conversaciones adolescentes. Durante la secundaria sus canciones formaban parte del aire mismo que respirábamos. Bastaba que alguien entonara el inicio de Visita nuestro para que todos respondieran en coro. Marta tiene un marcapasos despertaba risas, El ataque de las chicas cocodrilo desataba entusiasmo inmediato, y al mismo tiempo Te quiero ofrecía una declaración limpia y Temblando abrazaba a quienes atravesaban la fragilidad del desamor.

Esa combinación de humor y ternura, de irreverencia y vulnerabilidad, marcó profundamente mi generación. Pocas veces he podido cantar tantas canciones de un mismo grupo en español con tanta naturalidad. Las estrofas viven en la memoria como si siempre hubieran estado allí, listas para emerger ante el primer acorde. Su producción extensa acompañó distintas etapas de crecimiento y dejó huellas claras en la forma de entender la amistad y el amor.

Hace algunos años decidí adquirir el disco en vivo que grabaron junto a Enanitos Verdes titulado Huevos revueltos, en vivo. Lo llevé conmigo en un viaje por carretera y, mientras avanzaba el paisaje, algo extraordinario ocurrió. Comencé a cantar con una intensidad que pocas veces he experimentado en la adultez. Cada canción activaba recuerdos precisos. Aparecían mis amigos de secundaria, las tardes interminables de conversación, mi hermano mayor en su primer auto, la sensación luminosa de pertenecer a un grupo cuya identidad giraba entorno a la diversión.

En ese trayecto comprendí que aquellas melodías habían tejido parte esencial de mi educación sentimental. Sentí orgullo de pertenecer a la generación que creció con guitarras eléctricas en español, que encontró en Hombres G un espejo cercano y una banda sonora capaz de acompañar tanto la celebración como la caída. La Generación X halló en esas canciones un lenguaje propio que atravesó fronteras y edades.

He escuchado música compleja y producciones impecables a lo largo de los años, he admirado propuestas arriesgadas y letras profundas, y aun así regreso con frecuencia a aquellas canciones sencillas y divertidas que descubrí siendo niño. Allí permanece intacta la emoción primera, la sensación de complicidad y descubrimiento que convirtió un casete en un tesoro.

Playlist recomendado: Devuélveme a mi chica, Marta tiene un marcapasos, Venezia, Te quiero, Temblando, Visite nuestro bar, El ataque de las chicas cocodrilo, Indiana, Voy a pasármelo bien, Lo noto, Si no te tengo a ti, Nassau, Un par de palabras, Chico tienes que cuidarte y Estoy pintando tu sonrisa.

Te quiero para Greis y Estoy pintando tu sonrisa para Alo.

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