Doncella de hierro.
El fin de semana pasado vi en el cine el documental de Iron Maiden: Burning Ambition, con esa arrogancia íntima…

El fin de semana pasado vi en el cine el documental de Iron Maiden: Burning Ambition, con esa arrogancia íntima del fan que cree haberlo leído todo, escuchado todo, visto todo, hasta que aparecen Javier Bardem, Scott Ian, Lars Ulrich, Gene Simmons y Chuck D hablando de Maiden con la devoción de quien aprendió que una banda también puede ser una mitología portátil, una religión eléctrica, una escuela clandestina de historia universal y una forma de pertenecer al mundo desde la rareza.
Pensé que el documental me confirmaría lo sabido, el East End de Londres, Steve Harris fundando la banda en 1975, Paul Di’Anno poniendo la furia callejera inicial, Bruce Dickinson convirtiendo cada canción en teatro isabelino con botas de aviador, Eddie caminando por portadas, escenarios y pesadillas juveniles, hasta que entendí que Maiden conserva un secreto mayor que sus cifras, sus giras, sus discos clásicos o su ejército de camisetas con Eddie. Su verdadero milagro consiste en haber sobrevivido contra toda probabilidad artística, comercial, emocional y hasta biológica.
Metallica masificó el metal, lo volvió planeta, estadio, idioma común y terremoto cultural; Iron Maiden, antes, lo sofisticó, le dio teatralidad, ambición literaria, estructura épica, orgullo de nerd histórico y una extraña nobleza de ópera bárbara. Maiden convirtió el metal en una biblioteca incendiada. Hizo cantar a multitudes sobre Coleridge, Alejandro Magno, la carga de la Brigada Ligera, la Batalla de Inglaterra, los condenados al patíbulo, los imperios antiguos, los vuelos imposibles y los miedos humanos disfrazados de monstruos.
Resulta casi absurdo decirlo con serenidad. Una banda con canciones larguísimas, portadas de horror, un bajista obsesivo, un cantante con ego de general napoleónico, tres guitarristas cruzando melodías con precisión de vitral gótico, una mascota cadavérica y un repertorio que exige imaginación, disciplina y memoria colectiva, terminó llenando estadios durante cinco décadas. Cualquier ejecutivo musical prudente habría intentado corregirlos. Su grandeza nació precisamente de resistir toda corrección.
Steve Harris y Bruce Dickinson podrían haber destruido la banda muchas veces. El documental deja ver esa tensión antigua entre dos inteligencias enormes que aprendieron a incomodarse, medirse, chocar y necesitarse. Harris construye la arquitectura, Dickinson levanta la ceremonia. Harris galopa desde el bajo con terquedad de fundador, Dickinson conquista el aire con voz de piloto, actor, predicador y duelista. Sin Harris, Maiden perdería columna vertebral y sin Dickinson, perdería relámpago humano y éxito, como ya sucedió. Esa tensión explica buena parte de su permanencia, porque las grandes bandas rara vez nacen de la paz absoluta, sino de fuerzas contrarias obligadas a producir belleza antes de devorarse.
Eddie merece un tratado aparte. Nació para asustar y terminó convertido en una figura tierna para millones de personas. Algunos lo ven como monstruo, algunos como semidiós, algunos como viajero del tiempo condenado a cambiar de piel en cada época. Eddie ha sido asesino, faraón, soldado, cyborg, samurái, demonio, astronauta, loco de manicomio y cadáver filosófico. Su rareza consiste en provocar afecto desde la amenaza. Uno puede crecer temiéndole en una portada y terminar viéndolo con la nostalgia reservada a los viejos amigos. Eddie fue mi introducción a Maiden gracias a dos postres que compré, sin conocer su música. Uno de piloto y otro de faraón, su música llegó mucho después gracias a Francisco Montemayor y aquel Cd del álbum Live at Donington. A partir de ahí, la doncella me tomó como rehén.
La anécdota en el documental de la banda tocando en una boda en Polonia parece inventada por un novelista con sentido del humor, porque resume la contradicción perfecta de Maiden. Una banda gigantesca capaz de tocar ante multitudes descomunales y, al mismo tiempo, aparecer en una celebración íntima como si el heavy metal pudiera colarse en la vida doméstica con la naturalidad de un pariente excéntrico. Esa imagen vale por toda una teoría cultural. Maiden viajó detrás de la Cortina de Hierro cuando para muchos jóvenes el rock significaba libertad auditiva, imaginación importada y desafío emocional en medio de sistemas cerrados, por eso sus conciertos en Europa del Este tuvieron algo de expedición política sin discurso político.
También está la herida reciente de Bruce Dickinson y su cáncer de lengua, diagnosticado en 2014 y tratado en 2015 con radioterapia y quimioterapia, una historia brutal porque ataca justo el instrumento sagrado del cantante, ese lugar donde la identidad se vuelve músculo, aire, cicatriz y destino. Dickinson llegó a contemplar la posibilidad de ayudar a buscar reemplazo si su voz quedaba perdida, pero regresó con esa potencia que parece salir de una torre sitiada.
Y está Nicko McBrain, cuya salida de las giras golpeó con una tristeza peculiar, porque Nicko era ritmo y sonrisa, técnica y carisma, potencia y camaradería. Su retiro del camino en diciembre de 2024, tras los problemas de salud derivados del derrame sufrido en 2023, cerró una era para quienes asociaban Maiden con esa batería enorme, flexible, casi conversadora. Simon Dawson llegó en su lugar, cercano al universo de Steve Harris.
Los tres guitarristas son otro prodigio. Dave Murray aporta lirismo, Adrian Smith elegancia melódica, Janick Gers vértigo teatral. Juntos podrían estorbarse, saturar, competir por espacio, convertir cada canción en una carrera de vanidades, pero Maiden logró que esa abundancia sonara organizada, casi arquitectónica. Las guitarras se contestan, se persiguen, se elevan y regresan al galope de Harris como si obedecieran una coreografía invisible. Esa coordinación explica una parte del encanto que el documental recuerda sin necesidad de subrayarlo demasiado.
Al salir del cine pensé que Iron Maiden pertenece a esa rara categoría de artistas que envejecen sin pedir permiso. Han atravesado modas, burlas, cambios de industria, relevos generacionales, enfermedades, separaciones, regresos, discos discutidos, discos monumentales y estadios que siguen cantando con una fidelidad que parece venir de otro siglo. Su éxito jamás dependió de parecer modernos, sino simplemente inevitables. Su legión de fans a nivel mundial es intensa y fiel como los argentinos con los Rolling Stones.
Por eso Maiden importa todavía. Porque enseñó que el metal podía pensar, narrar, actuar, leer, volar, disfrazarse, rugir y conmover. Porque un monstruo puede ser refugio. Porque dos egos gigantes pueden crear una obra mayor cuando reconocen que el rival interior también sostiene el templo. Porque una banda nacida en pubs terminó componiendo una épica para quienes alguna vez sentimos que la imaginación podía salvarnos del mundo ordinario.
Iron Maiden sigue siendo una catedral levantada con hierro, cuero, pólvora, literatura y amistad feroz. Y Eddie, desde alguna portada imposible, sigue mirándonos como si conociera el futuro.
Playlist recomendado: Phantom of the Opera, Running Free, Wrathchild, Killers, The Number of the Beast, Run to the Hills, Hallowed Be Thy Name, Flight of Icarus, The Trooper, Revelations, 2 Minutes to Midnight, Aces High, Powerslave, Rime of the Ancient Mariner, Wasted Years, Stranger in a Strange Land, Caught Somewhere in Time, Can I Play with Madness, The Evil That Men Do, Infinite Dreams, Fear of the Dark, Sign of the Cross, Brave New World, Blood Brothers, Dance of Death, Paschendale, For the Greater Good of God, When the Wild Wind Blows, The Book of Souls, Empire of the Clouds, Stratego y Hell on Earth.
Wasted Years para Greis y Empire of the Clouds para Alondra.
