El eco de Dolores
Con una voz rota y hermosa, como si alguien hubiera aprendido a cantar después de llorar toda la noche. Así…

Con una voz rota y hermosa, como si alguien hubiera aprendido a cantar después de llorar toda la noche. Así sonaba Dolores O’Riordan. Así me atraparon. Y nunca más los solté, hasta que me soltaron.
Había algo hipnótico en ese universo que tejían entre guitarras melancólicas, letras dolidas y una voz capaz de recorrer la niebla hasta llegar al alma. Yo sentía una extraña fascinación por esa mujer de ojos tristes y mirada furiosa que se llamaba Dolores, o tal vez Brian, como se hacía llamar en una época para protegerse del mundo. Nunca entendí del todo esa historia de los nombres, pero me parecía aún más fascinante. Como si llevara dos vidas. Como si fuera muchas cosas al mismo tiempo: una niña herida, una madre protectora, una artista sin armadura. Su voz me hablaba y siempre decía algo nuevo, aunque la canción fuera la misma.
The Cranberries fue una de esas bandas que me acompañó mientras otras modas pasaban, ellos permanecían. A veces cuando los olvidaba, el canto de mi esposa de zombie mientras se bañaba, me los recordaba. Me gustaron siempre. Desde “Linger” hasta “All Over Now”, desde los días brillantes del primer disco hasta la última despedida. Me dolía con ellos, soñaba con ellos, entendía el mundo a través de su lenguaje a pesar de que era feliz escuchando a Metallica.
Y sin embargo, cometí un error del que todavía me arrepiento. Poco antes de la muerte de Dolores, la banda se presentó… en Tampico. Sí, en mi ciudad natal. En ese lugar improbable donde uno cree que jamás aterriza la historia. Pero allí estuvieron. Vivitos, intensos, con las mismas canciones que yo había guardado como pequeños tesoros personales. Y yo no fui.
No recuerdo bien por qué no fui. Quizás por trabajo, por rutina, por pensar que habría otra oportunidad. Pensé que eran eternos. Pensé que siempre estarían allí, que Dolores seguiría cantando como si fuera eterna. Pensé que nadie tan lleno de voz podía apagarse.
Y entonces murió. Y esa voz que había habitado mi vida se volvió recuerdo. Un eco. Una ausencia que canta desde adentro. Supe entonces lo que realmente era perder algo que no conociste, pero que sentías tuyo.
Hoy, cada vez que suena una canción de The Cranberries, vuelvo a ser ese joven que los descubrió en secundaria en casa de Marco Huerta porque los escuchaba su hermano mayor. Vuelvo a cerrar los ojos como si pudiera asistir, aunque sea tarde, a ese concierto en Tampico. Y escucho, con más atención que nunca, lo que Dolores quiso decirnos todo este tiempo.
Que el amor duele.
Que el dolor canta.
Que la música puede ser una forma de quedarse.
Que los que creemos eternos… se van.
Pero también que hay voces que no mueren.
Que mientras una canción suene en el corazón de alguien, Dolores sigue viva.
Y The Cranberries, también.
Porque aunque no fui, aunque me arrepienta, aún los escucho. Y cada vez que lo hago, me parece que me están perdonando.
Y que me dicen, sin rencor:
“Todavía estamos aquí.”
Playlist recomendado: Zombie, Linger, Dreams, Ode to My Family, When You’re Gone, Promises, Salvation, Ridiculous Thoughts, Animal Instinct y All Over Now.
“When you’re gone” para Greis y “Dreams” para Alo.
