El gran ídolo mexicano.
Opinión Códigos de Poder por David Vallejo En este mes patrio sigo recorriendo algunos de esos artistas que, para bien…
En este mes patrio sigo recorriendo algunos de esos artistas que, para bien o para mal, ayudaron a construir la idea que tenemos de México. Pocos lo hicieron como Pedro Infante. Escucharlo es regresar a un país que probablemente nunca existió exactamente como lo muestran sus películas, pero que seguimos reconociendo como nuestro. El de la vecindad y la serenata, la madre y los amigos, el taller y la cantina, el traje de charro, los celos, las motocicletas y esa facilidad tan mexicana para pasar de la carcajada al llanto.
Antes del ídolo estuvo el muchacho. Pedro nació en Mazatlán en 1917, creció en Guamúchil, fue uno de catorce hermanos, trabajó como carpintero y peluquero y llegó a construir su propia guitarra. A los catorce años ya tocaba en una orquesta. Después cantó en restaurantes y centros nocturnos, participó en concursos de aficionados y llegó a la Ciudad de México para probar suerte. Varias audiciones salieron mal hasta que consiguió cantar en la XEB. Un ejecutivo de Discos Peerless lo escuchó y en 1943 comenzó la historia discográfica que terminaría convirtiendo aquella voz en una de las más reconocibles de México.
Vivió apenas 39 años. Filmó alrededor de sesenta películas y dejó más de trescientas grabaciones. Fue carpintero, músico, actor, cantante, piloto, motociclista, padre, amante, estrella y finalmente mito. Ganó un Ariel por La vida no vale nada y, después de morir, el Oso de Plata al Mejor Actor en Berlín por Tizoc.
Lo curioso es que durante mucho tiempo él mismo dudó de ser actor. Sara García contó que durante Los tres García Pedro se resistía a filmar porque se sentía intimidado ante actores experimentados. “Yo no soy actor, soy mariachi”, le dijo. Años después, convertido ya en la mayor estrella del país, todavía reconocía que Ismael Rodríguez le había enseñado a actuar frente a una cámara. Una parte de su encanto estaba precisamente en esa falta de solemnidad.
México ha tenido figuras inmensas. Jorge Negrete poseía una voz más educada y una presencia monumental. Cantinflas inventó un lenguaje. María Félix convirtió la belleza y la distancia en poder. José Alfredo escribió buena parte de nuestras derrotas sentimentales. Pedro consiguió algo diferente. Hizo que millones sintieran que lo conocían.
Era demasiado bien parecido para pasar inadvertido y demasiado cercano para parecer inalcanzable. Tenía cuerpo de atleta, manejaba motocicletas, pilotaba aviones y conquistaba mujeres, pero lloraba frente a la cámara sin perder un gramo de hombría. Peleaba, presumía, hacía el ridículo, cantaba una serenata, cargaba a un hijo muerto, pedía perdón. En una época que exigía dureza a los hombres, Pedro podía romperse.
Joaquín Cordero recordó haberlo visto filmar la muerte del Torito en Ustedes los ricos. Terminó la toma y Pedro siguió llorando. Ismael Rodríguez pidió que nadie lo interrumpiera. Silvia Pinal habló siempre de él con enorme cariño. Sara García lo recordaba alegre, juguetón, casi aniñado, aunque también mujeriego y, al principio, impuntual. Una vez lo reprendió por hacer esperar a todo el equipo mientras él andaba de juerga. Pedro aceptó el regaño y prometió corregirse. Quienes convivieron con él dejaron testimonios parecidos: sencillo, generoso, bromista. La hija del compositor Alberto Cervantes recordaba que ayudaba con dinero o trabajo a quien se acercaba, pero evitaba pregonarlo.
Ismael Rodríguez entendió que aquel hombre podía convertirse en muchos personajes sin dejar de ser él mismo. Los tres García, Nosotros los pobres, Ustedes los ricos, Los tres huastecos, A toda máquina, Dos tipos de cuidado, Tizoc. Pepe el Toro terminó siendo el más entrañable: carpintero como Pedro había sido, trabajador, enamorado, impulsivo, orgulloso y vulnerable. Recibía golpes de la vida y volvía a levantarse.
Y estaba la música. Pedro carecía de la formación vocal de Jorge Negrete y precisamente ahí comenzaba parte de su encanto. Su voz de barítono era cálida, flexible, ligeramente nasal, reconocible desde las primeras palabras. Pero su verdadero instrumento era la interpretación. Pronunciaba cada frase como actor, alteraba el color de la voz, jugaba con las pausas, la respiración y el sentido de las palabras. Nunca parecía preocupado por demostrar cuánto podía cantar. Parecía preocupado por contar lo que la canción decía.
Por eso podía hacer cosas tan distintas con la misma voz. En Cien años canta desde la resignación, casi sin defenderse. En Carta a Eufemia conversa y cuenta una historia. En Yo no fui se escucha la sonrisa. En Dicen que soy mujeriego juega con su propia fama. En Amorcito corazón aparecen la ternura y la picardía. Negrete podía llenar un teatro; Infante conseguía algo quizá más difícil: hacer sentir que cantaba para una sola persona.
Y luego están Las mañanitas. Su interpretación dejó de pertenecerle y entró en la vida de los demás. Generaciones de mexicanos han despertado a padres, hijos, parejas y amigos con la voz de un hombre muerto en 1957. Pocas formas de inmortalidad pueden ser tan íntimas como seguir entrando a las casas cada vez que alguien cumple años.
Pedro terminó convertido en memoria familiar. Una sobremesa, una abuela, una fiesta, una película de domingo, una radio encendida en la cocina. Muchos recibimos algo suyo antes de saber siquiera quién era.
Tampoco hace falta santificarlo. Fue mujeriego, tuvo relaciones sentimentales complicadas, era temerario y perteneció a un México cuyos códigos sobre los hombres, las mujeres, los celos y el amor hoy miramos de otra manera. Tenía virtudes, excesos y contradicciones. Precisamente por eso resulta más interesante como hombre que como estatua.
El 15 de abril de 1957 murió al caer el avión en el que viajaba poco después de despegar de Mérida. Ya había sobrevivido a otros accidentes y había continuado volando porque la aviación era una de sus grandes pasiones. Su carrera seguía creciendo y Tizoc estaba a punto de darle el mayor reconocimiento internacional de su vida.
La muerte hizo algo decisivo con su imagen. Pedro nunca envejeció frente al público. Quedó joven, sonriente, subiéndose a una motocicleta, cantando con Jorge Negrete, peleando con Luis Aguilar, enamorándose y sufriendo como Pepe el Toro. Todos quienes lo conocieron envejecieron. Él no.
Por eso, en septiembre, volver a Pedro dice algo sobre nosotros. Entre tantos símbolos oficiales de mexicanidad, él pertenece a otra categoría. Nadie decretó que fuera un símbolo nacional. La gente lo eligió.
En su voz quedaron el amor de Cien años, el orgullo herido de Carta a Eufemia, la picardía de Yo no fui, la familia de Las mañanitas y la ternura de Amorcito corazón. Al escucharlas aparecen las radios encendidas, los cines de barrio, nuestros abuelos, las sobremesas y un país que cambió mientras aquellas canciones permanecían. Incluso una nostalgia por un tiempo que muchos nunca vivimos.
Pedro Infante consiguió algo reservado a muy pocos artistas: dejarnos recuerdos de cosas que nunca nos ocurrieron. Millones se reconocieron en sus personajes y muchos quisieron parecerse al hombre que imaginaban detrás de ellos.
Uno comienza escuchando una canción de Pedro Infante y, sin darse cuenta, termina escuchando a México.
Por eso sigue siendo el gran ídolo mexicano.
Playlist recomendado: Cien años, Amorcito corazón, Cuando sale la luna, Fallaste corazón, Flor sin retoño, Las mañanitas, Carta a Eufemia, Mi cariñito, Qué te ha dado esa mujer, Tu enamorado, La calandria, Bésame morenita, Dicen que soy mujeriego, Yo no fui, Deja que salga la luna, Historia de un amor y La que se fue.
Amorcito corazón para Greis y Mi cariñito para Alo.
