sábado, 07 de marzo de 2026

El último brindis con Sabina | Placeres culposos

Me niego a decirle adiós a Joaquín Sabina. Aun cuando él mismo lo haya anunciado. Aun cuando cada acorde de…

Por: Nosotros WebStaff , En: Códigos de poder Opinión , Día Publicado: 24 mayo, 2025

David Vallejo

Me niego a decirle adiós a Joaquín Sabina. Aun cuando él mismo lo haya anunciado. Aun cuando cada acorde de esta gira suene como un brindis final, como un aplauso que se nos queda entre los dedos, como una línea más que no podrá escribir. No puedo. Porque Sabina no se va. Sabina se queda como se quedan los grandes: burlándose del tiempo, de la pena, de la nostalgia, y de nosotros.

A mí me llegó tarde. No lo escuché en la adolescencia, ni en la preparatoria, ni cuando uno aún cree que la música es solo ritmo o rebeldía. Me encontró en Madrid, una tarde cualquiera mientras estudiaba, con frío en las manos y demasiadas preguntas en la cabeza. Entré a una tienda de discos, sin buscarlo, y compré Dímelo en la calle. No sé por qué. El nombre me sonó a amenaza o a confidencia, y eso me gustó. Lo escuché en un hostal esa misma noche. Y desde entonces no he podido dejar de escucharlo.

Descubrí a un poeta disfrazado de canalla, un Dylan castellano con acento de humo y madrugada. Un tipo que hablaba de las mujeres como quien las dibuja en servilletas de bar, que le escribía cartas al fracaso como si fuera un viejo amante, que encontraba belleza en lo torcido, en lo roto, en lo perdido. Pero lo que más me sorprendió fue la lucidez. La profundidad. La inteligencia brutal que hay detrás de cada letra. Las rimas imposibles, los versos que te esperan con un puñal o una flor en la vuelta de cada canción. Nadie en español, lo digo sin temblar, tiene tantas canciones que me pertenecen.

Porque Sabina tiene esa rara habilidad de escribir lo que uno siente, antes de que uno sepa que lo está sintiendo. Me ha acompañado en las derrotas, en las resacas, en los desamores, amores y en las noches que no se olvidan. Me ha hecho reír cuando no quedaba otra, y llorar cuando no había motivo. Cada disco es una esquina de mi vida. Cada canción es un espejo sucio que refleja verdades incómodas.

Hay artistas a los que se admira. A Sabina, además, se le envidia. Porque tiene ese don maldito de decir mejor que tú lo que tú querrías haber dicho. Es un cabrón, y él lo sabe, pero un cabrón genial. Un tipo que siempre da la impresión de salirse con la suya, incluso cuando pierde. Un pirata sin barco, un amante sin remedio, un provocador sin culpa, un maldito bendecido. Uno de esos hombres que no se explican, pero se celebran.

Su despedida, lo sé, es inevitable. El cuerpo cede, la voz se quiebra, el escenario pesa. Pero la obra queda. Las canciones quedan. Y Sabina, que siempre escribió para los que no cabemos en los himnos, ha logrado convertirse en uno. Sin pedir permiso. Sin disfrazarse de nada, quizás solo con un bombín en esta última etapa de su arte. Siendo solo él: melancólico, mordaz, brillante, inconfundible.

Así que que diga lo que quiera. Que se despida como le plazca. Yo seguiré volviendo a 19 días y 500 noches, a Esta boca es mía, a Yo me bajo en Atocha, como quien regresa a casa después de haberse perdido. Porque Sabina no es solo un artista. Es una parte de nosotros. Y eso, por suerte, no se despide.

Salud, maestro. Y gracias por tanto.

Playlist con mis canciones favoritas: 19 días y 500 noches; Y nos dieron las diez; Contigo; Princesa; Peces de ciudad; Nos sobran los motivos; Quién me ha robado el mes de abril; Calle Melancolía; Ruido; Esta boca es mía; Una canción para la Magdalena; Tan joven y tan viejo; Por el boulevard de los sueños rotos; Noches de boda; Y sin embargo; Llueve sobre mojado; La canción más hermosa del mundo; Lo niego todo; Así estoy yo sin ti; Pastillas para no soñar; A la orilla de la chimenea; Más de cien mentiras; Ruido; y, 69 punto G.

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