Enya y el invierno que vuelve.
La penumbra de un castillo en Killiney, Irlanda, donde compone envuelta en silencios que solo rompen las voces que multiplica sobre sí misma

Enya no da conciertos. No concede entrevistas. No expone su vida ni busca el centro de nada. Y sin embargo, ha vendido más de 80 millones de discos. Lo ha hecho desde la penumbra de un castillo en Killiney, Irlanda, donde compone envuelta en silencios que solo rompen las voces que multiplica sobre sí misma, como un bosque que canta en capas. Su música no parece hecha por humanos, parece venir de un lugar que el tiempo olvidó.
Cada vez que escucho a Enya, cierro los ojos y me encuentro en invierno. No en un invierno cruel, sino en uno íntimo, sereno, hecho para pensar. Siempre que suena en mis audífonos, a veces Caribbean Blue, otras veces Only Time o Storms in Africa, hay algo en mí que se desarma y se recompone. Enya me lleva al frío, sí. Pero a ese frío que se abraza con una taza de chocolate caliente o un whisky, una manta y la certeza de que viene una buena época. Es mi música para detener el mundo. Para escribir. Para imaginar que todo va a estar bien.
Su historia es casi un acto de resistencia. Nació en Gweedore, en el remoto Donegal gaélico, en 1961. Quinta de nueve hermanos. Hablaba gaélico antes que inglés. Se formó como pianista clásica, pero no tardó en entender que su lenguaje no cabía en las estructuras tradicionales. Pasó brevemente por el grupo Clannad, y después rompió con todo junto a Nicky Ryan y Roma Ryan, sus cómplices de por vida. Así nació el trío creativo más misterioso y consistente de la música contemporánea: ella compone e interpreta, Nicky produce, Roma escribe las letras.
Lo que hicieron juntos cambió la historia del new age y de las listas de popularidad. Con Watermark (1988), y su ya mítica Orinoco Flow, Enya flotó sobre las radios del mundo. Shepherd Moons, The Memory of Trees, A Day Without Rain… Cada álbum era una extensión de su mundo invisible. Su canción Only Time se convirtió en un himno de duelo global tras el 11 de septiembre. Fue usada en documentales, homenajes, comerciales. Pero nunca capitalizada por ella en escena. Enya no salió a explicarse. Nunca lo hace.
Tampoco lo hizo cuando Peter Jackson la convocó para musicalizar El Señor de los Anillos: La Comunidad del Anillo (2001). Su tema May It Be, interpretado en inglés y élfico, acompañó los créditos finales de la primera entrega de la trilogía. Fue nominada al Oscar y al Globo de Oro. Pero más allá de los premios, lo que logró fue sellar su alianza con el universo Tolkien. ¿Cómo no convocarla, si su música ya venía de ese mundo? Enya es la única artista que puede sonar en una despedida élfica y en una cabaña de invierno sin que nada disuene. La música de Enya no es fondo: es atmósfera. Es aire transformado. No se baila ni se canta: se siente.
Quizá por eso influenció desde Florence Welch hasta a artistas de metal. Quizá por eso sobrevive al tiempo. Y quizá por eso me acompaña siempre que necesito salir de mí, descansar de todo y volver. Siempre que la escucho, hay chocolate caliente, hay frío, y hay esperanza.
Llega enero y pienso inevitablemente en Orinoco Flow. No tiene nada que ver que el Orinoco sea un río sudamericano, pero en fin. Para mí esa canción es año nuevo, es inicio. Es ese momento extraño en el que uno mira hacia adelante y reflexiona, con calma, sobre lo que viene.
A Greis también le gusta Enya. Me cuenta que de niña la escuchaba porque su papá la ponía en casa. Me gusta pensar que la música de Enya hace eso, se queda en el espacio y llega a la memoria familiar como un secreto compartido.
Playlist recomendado: Only Time, Caribbean Blue, Orinoco Flow, May It Be, Storms in Africa, Anywhere Is, Book of Days, Watermark, The Memory of Trees y Echoes in Rain.
Only Time para Greis y Book of Days para Alo.
