Gracias…totales. Placeres culposos.
Opinión Códigos de Poder por David Vallejo De vez en cuando me sorprendo imaginando una escena con muy escasas probabilidades…
De vez en cuando me sorprendo imaginando una escena con muy escasas probabilidades de ocurrir. Un karaoke, un micrófono frente a mí y una pantalla esperando la siguiente canción. La decisión aparecería incluso antes de revisar el catálogo. Persiana Americana o De música ligera. Cerraría los ojos desde el primer acorde, aunque el motivo tendría muy poco que ver con la emoción. La naturaleza repartió mis talentos bastante lejos de la música y todavía más lejos del baile, justamente dos placeres que disfruto con una intensidad inversamente proporcional a mis aptitudes. Ese repertorio pertenece casi siempre a la intimidad de mi estudio o al amor inagotable de mi Greis, cuya generosidad alcanza incluso para escuchar versiones que cualquier jurado daría por terminadas después del primer verso.
Algo extraordinario sucede con esas dos canciones. Bastan unos cuantos acordes para que la prudencia desaparezca y la garganta decida hacerse cargo del resto. La afinación pierde importancia, el sentido del ridículo se toma un descanso y la voz termina convertida en un grito que millones de latinoamericanos reconocen como propio. Muy pocas composiciones consiguen atravesar generaciones con semejante naturalidad, manteniendo intacta la capacidad de despertar la misma emoción en quien las descubrió durante los años ochenta y en quien llegó a ellas varias décadas después.
Esa conexión difícilmente puede atribuirse únicamente a la nostalgia. Detrás de esas melodías apareció una de las historias musicales más notables escritas en nuestro idioma. Gustavo Cerati, Zeta Bosio y Charly Alberti formaron Soda Stereo en Buenos Aires durante 1982, justo al finalizar la dictadura argentina, dentro de un país que recuperaba la democracia y también el deseo de reinventarse culturalmente. El rock argentino ya contaba con figuras inmensas, aunque seguía mirando principalmente hacia sus propias fronteras. Soda Stereo imaginó un horizonte distinto. América Latina podía convertirse en un mismo escenario con el rock en
español como protagonista.
Ninguna banda anterior había recorrido el continente con semejante ambición estética. Cada detalle recibía el mismo cuidado, desde las guitarras hasta la iluminación, desde la portada de un disco hasta la fotografía promocional, desde el sonido en vivo hasta el vestuario. Aquello transmitía una idea poderosa. El rock latinoamericano podía competir en calidad artística y producción con cualquier grupo británico o estadounidense sin renunciar a su idioma.
La discografía confirma esa búsqueda permanente. Nada Personal reveló una personalidad inconfundible. Signos entregó himnos que todavía estremecen estadios enteros. Canción Animal alcanzó una contundencia pocas veces igualada dentro del rock en español. Dynamo abrazó el shoegaze antes de que buena parte del público latino conociera siquiera ese género. Sueño Stereo exploró territorios electrónicos que conservan una frescura sorprendente tres décadas después. Resulta difícil encontrar tanta calidad y una evolución artística semejante dentro de cualquier tradición musical latinoamericana.
Cerati ocupaba el centro de esa transformación con una elegancia casi irrepetible. Su voz jamás necesitó exageraciones para transmitir intensidad. Sus guitarras evitaban el virtuosismo vacío. Las letras escapaban de las explicaciones literales y preferían abrir espacios para la imaginación del oyente. David Bowie, The Police, Brian Eno, Talking Heads o The Cure dejaron huellas visibles en su formación musical, aunque ninguna influencia consiguió diluir una identidad que bastaba escuchar durante unos cuantos segundos para reconocerla.
El fenómeno adquirió dimensiones continentales. Chile, Perú, Colombia, Venezuela, Ecuador y México recibían multitudes que la prensa bautizó con una palabra perfectamente adecuada: Sodamanía. El contraste con Estados Unidos sigue resultando fascinante. América Latina abrazó a Soda Stereo con una intensidad reservada para los grandes mitos culturales, aunque el mercado anglosajón apenas alcanzó a mirar de reojo una de las bandas más importantes surgidas fuera de su idioma. La explicación pertenece mucho más a las barreras culturales de esa industria que al talento de tres músicos argentinos capaces de redefinir el rock en español.
Mi historia con Soda Stereo también guarda una pequeña deuda. Durante la gira de despedida apareció una fecha en Monterrey. Yo estudiaba entonces y el precio del boleto pertenecía a una realidad económica muy distante de la mía. Pensé que la vida terminaría ofreciendo otra oportunidad para escuchar a Cerati interpretar De música ligera frente a un escenario iluminado y miles de personas cantando al mismo tiempo. Esa oportunidad decidió seguir un camino distinto.
Si alguien me concediera la posibilidad de regresar a un solo concierto, la elección surgiría sin necesidad de pensarlo. Permanecer entre aquella multitud, esperar los primeros acordes, cantar cada palabra con la fuerza que únicamente producen los momentos destinados a permanecer para siempre y escuchar el cierre de una de las bandas fundamentales del rock contemporáneo.
Tal vez por esa razón jamás despertó mi entusiasmo la gira reciente con la reconstrucción digital de Cerati. La tecnología reproduce una silueta, una voz o un movimiento con precisión admirable. Quedó atrás el joven que habría entrado aquella noche al recinto de Monterrey con la certeza de asistir a un concierto inolvidable. Ningún algoritmo alcanza semejante milagro.
Prefiero un ritual mucho más sencillo. Cerrar la puerta de mi estudio, subir el volumen hasta rozar el límite de la prudencia, cantar sin talento, sin técnica y sin la menor preocupación por desafinar, imaginando que aquella noche pendiente finalmente encontró un lugar dentro de mi memoria.
Las cifras impresionan, los estadios repletos forman parte de la historia y la influencia sobre generaciones enteras resulta indiscutible, aunque el legado más profundo habita en un espacio imposible de medir. Cada vez que Persiana Americana o De música ligera vuelven a sonar, millones de personas regresamos, aunque sea durante cuatro minutos, a una versión de nosotros mismos que sigue esperando el primer acorde para cantar con toda el alma. Cada generación merece un himno, la mía llevó la voz de Cerati. Gracias… totales.
Playlist recomendado: De música ligera, Persiana Americana, En la ciudad de la furia, Prófugos, Cuando pase el temblor, Signos, Nada personal, Juegos de seducción, Trátame suavemente, Primavera 0, En el séptimo día, Hombre al agua, Té para tres, Un millón de años luz, Entre caníbales, Lo que sangra (La cúpula), Ella usó mi cabeza como un revólver, Zoom, Sueles dejarme solo, Canción animal, Sueño Stereo, Sobredosis de TV y En remolinos.
Hombre al agua para Greis y Primavera 0 para Alo.
