sábado, 07 de marzo de 2026

José Alfredo. La voz que somos. | Códigos de poder.

No necesitó saber de música porque traía el canto en las venas, la melodía en la garganta y la poesía…

Por: Nosotros WebStaff , En: Códigos de poder Opinión , Día Publicado: 12 septiembre, 2025

David Vallejo

No necesitó saber de música porque traía el canto en las venas, la melodía en la garganta y la poesía en el corazón herido. Fue portero de futbol, mesero de cantina, bohemio incorregible y profeta popular. Y en medio de esas vidas superpuestas dejó un legado que no se cuenta en partituras, sino en gritos que estremecen plazas, en lágrimas derramadas sobre una mesa de bar, en la voz de un pueblo que, al cantarlo, se reconoce.

José Alfredo es México. Lo es en su orgullo bravío, en su melancolía infinita, en esa manera de convertir el dolor en canto y la pérdida en dignidad. Cuando escribió El Rey, hablaba del hombre que, incluso en la derrota, conserva lo único que no puede quitarle nadie: su manera de cantar. Hay quienes cuentan el mito de que esa canción nació en una servilleta de cantina, escrita entre tragos y amigos, como si hubiera brotado en un instante de inspiración espontánea. No está comprobado, pero el mito persiste porque refleja lo que era José Alfredo: un hombre que no necesitaba partituras para dar a luz a melodías que ya estaban dentro de él, esperando la chispa de una noche bohemia.

Cuando compuso Si nos dejan, imaginó un amor tan puro que parecía imposible en este mundo áspero, y por eso se volvió himno de todos los que aún creen que la ternura puede salvarnos.

Su música se bebe. Se bebe como un trago fuerte que arde, como un tequila que quema y acaricia. Escuchar Un mundo raro es atravesar la confesión de un corazón derrotado que se niega a la lástima. Cantar Caminos de Guanajuato es caminar con él entre la vida y la muerte, con esa frase lapidaria que parece resumen de nuestra historia: “La vida no vale nada”. Y cuando suenan esas notas, uno no sabe si llorar, brindar o gritar al cielo.

José Alfredo nunca fue académico ni erudito. Fue más sabio que eso: convirtió la experiencia en verdad popular. No componía para un salón de conciertos, componía para la cantina, para la serenata, para el que ama y para el que ha perdido. Sus versos son la filosofía del pueblo mexicano: resignación orgullosa, esperanza terca, amor que duele y alegría que brota aún en medio del vacío.

Lo cantaron Pedro Infante y Jorge Negrete, lo volvieron eternidad Chavela Vargas y Lola Beltrán, lo retomaron Vicente Fernández y Luis Miguel. Pero no importan las voces: cada mexicano, alguna vez, ha sido intérprete de José Alfredo. En la boda y en el funeral, en el brindis y en el exilio, en la soledad y en la plaza pública, sus canciones se vuelven lengua común, ese idioma secreto que compartimos incluso sin saberlo.

Hay quienes dicen que murió joven, víctima de sus excesos. Pero en realidad José Alfredo se multiplicó. Se volvió coro, eco, clamor. Porque cuando la multitud canta El Rey o cuando un mariachi se desgarra con Paloma querida, algo más grande que una melodía sucede: un país entero se reconoce.

Escuchar a José Alfredo es sentir que México nos atraviesa como una herida y como una fiesta. Es entender que nuestra identidad cabe en un grito que empieza con un “¡Ay, ay, ay, ay!” y termina en un “¡Viva México!”. Sus canciones, más que recuerdos, son fibras vivas que nos sostienen, nos duelen y nos salvan.

Por eso José Alfredo Jiménez fue el cronista del alma mexicana. Y cada vez que suenan sus versos, no importa el lugar ni la hora, México vuelve a nacer en la garganta de su gente. De la mía en un grito que espero se asemeje a los de Jorge Negrete, aunque quizás guarda mayor similitud con los de Speedy González.

Playlist recomendado: El Rey, José Alfredo Jiménez; Si nos dejan, Vicente Fernández; Un mundo raro, Chavela Vargas; Caminos de Guanajuato, José Alfredo Jiménez; Paloma querida, Pedro Infante; Ella, Jorge Negrete; La media vuelta, Luis Miguel; El último trago, Chavela Vargas; Te solté la rienda, Vicente Fernández; y Serenata huasteca, Amalia Mendoza.

Si nos dejan para Greis y Paloma querida para Alo.

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