sábado, 22 de agosto de 2026

La banda con el peor nombre en la historia.

Opinión Códigos de Poder por David Vallejo   Hay una forma de felicidad que consiste en encontrar algo extraordinario antes…

Por: Nosotros WebStaff , En: Códigos de poder Opinión , Día Publicado: 21 agosto, 2026

David Vallejo
Opinión
Códigos de Poder
por David Vallejo

 

Hay una forma de felicidad que consiste en encontrar algo extraordinario antes de que nuestro entorno lo convierta en algo común. Un escritor del que casi nadie habla, una película que obliga a buscar durante días qué acabamos de ver o un álbum que cuesta entender. Son placeres privados, rarezas que en otras partes del mundo congregan multitudes y que aquí todavía permiten esa deliciosa sensación de sentirse especial por haber encontrado una puerta secreta.

Una de las mías se llama King Gizzard & the Lizard Wizard. Si, nombre es ridículo y ellos lo saben. Son australianos, nacieron alrededor de Melbourne en 2010 y actualmente son seis. El viernes pasado publicaron Alien Metal, su álbum número 28 en apenas quince años. Cinco aparecieron en 2017 y otros cinco en 2022. La cantidad dice mucho de su ritmo creativo, aunque explica muy poco aquello que los vuelve fascinantes.

Sus discos pueden ser psicodélicos, acústicos, electrónicos, jazzísticos, progresivos, microtonales, metálicos u orquestales. Hay canciones de tres minutos y otras que olvidan que deben terminar. Un disco puede ser ambiental y el siguiente brutal. Algunos son extraordinarios; otros, desconcertantes. Esa irregularidad forma parte de su grandeza, experimentan sin temor al fracaso.

En 2016 hicieron algo hermoso a partir de una ocurrencia sencillísima. Nonagon Infinity contiene nueve canciones conectadas entre sí y la última termina exactamente donde comienza la primera. Puesto en repetición, el álbum carece de final y se convierte en un círculo musical infinito.

Después decidieron que las doce notas con las que hemos organizado buena parte de la música occidental tampoco tenían por qué ser una frontera. Modificaron guitarras, añadieron trastes y comenzaron a trabajar con microtonos, sonidos situados entre las notas que nuestros oídos están acostumbrados a reconocer. Flying Microtonal Banana apareció en 2017 y, al escucharlo por primera vez, hay momentos en que algún instrumento suena extrañamente fuera de lugar.

En realidad, quien necesita adaptarse es nuestro oído. Llevamos toda la vida aprendiendo inconscientemente qué sonidos consideramos correctos y basta desplazar ligeramente una nota para descubrir que incluso nuestra percepción de la armonía contiene hábitos culturales. King Gizzard hace mucho eso, mueve unos centímetros aquello que considerábamos normal. Incluso hay quienes aseguran que dos de sus integrantes en realidad son Angine de Poitrine.

También lo hicieron con el negocio. En 2017 terminaron Polygondwanaland y decidieron regalar los archivos maestros para que cualquiera pudiera descargarlos, fabricar un vinilo, diseñar una edición y venderla. Lo que para una compañía discográfica habría sido una pesadilla produjo centenares de versiones del mismo álbum alrededor del mundo.

Después llevaron el experimento todavía lejos. Su programa oficial de bootlegs permite utilizar grabaciones de conciertos, demos y otros materiales para fabricar ediciones propias. La relación tradicional entre creador y público se vuelve extraña, el admirador deja de ser únicamente consumidor y participa en la existencia física de la obra. Una decisión comercial insólita terminó convertida en una extraordinaria decisión cultural.

Mientras buena parte de nuestra vida digital avanza hacia jardines cerrados, suscripciones, licencias y objetos que pagamos pero jamás poseemos realmente, estos tipos australianos entregan su música para que alguien al otro lado del planeta la transforme en un objeto que ellos mismos jamás imaginaron. Hay algo contemporáneo y, al mismo tiempo, antiguo en esa relación: una obra puede crecer cuando su creador acepta dejar de controlarla.

Sus conciertos obedecen a la misma lógica. Pueden durar tres horas, cambian repertorios, improvisan, estiran canciones e incrustan unas dentro de otras. Hay aficionados que viajan para verlos varias noches, ya que si bien, asistir dos veces al mismo espectáculo carece de sentido, en su caso de un día a otro, el concierto es completamente distinto.

También están las historias. A lo largo de 28 discos han aparecido cyborgs, brujas, monstruos, planetas destruidos, inteligencia artificial, mutaciones, ecocidio y personajes que saltan misteriosamente de una canción a otra. Los seguidores bautizaron esa mitología dispersa como el Gizzverse y llevan años intentando determinar si existe realmente una gran historia detrás de todo aquello o si somos los humanos quienes necesitamos encontrar patrones incluso donde nadie los dejó. Esa incertidumbre hace al Gizzverse todavía mejor. Uno de sus personajes memorables es Han-Tyumi, un cyborg que desea desesperadamente experimentar aquello que significa estar vivo, una máquina queriendo sentir. La ocurrencia nació años antes de que nuestras conversaciones cotidianas comenzaran a llenarse de inteligencias artificiales, algoritmos y discusiones acerca de qué parte de nosotros puede reproducir una computadora.

Detrás de los monstruos y del humor absurdo aparecen asuntos bastante serios como el cambio climático, la dependencia tecnológica, la destrucción ambiental, la mortalidad y la conciencia. King Gizzard se toma muy en serio las ideas y bastante poco a sí mismo. Esa combinación explica buena parte de su atractivo.

Ahora está Alien Metal. Su álbum número 28 se interna en techno, rave, jungle y electrónica construida alrededor de un sistema modular al que ellos mismos llaman Nathan. Para llegar ahí descartaron cantidades enormes de material. Stu Mackenzie, su principal compositor, ha hablado de canciones, discos y universos completos abandonados durante el proceso.

Ese dato dice mucho acerca de ellos. Vivimos rodeados de incentivos para repetir aquello que alguna vez funcionó. Las plataformas aprenden qué queremos escuchar, los estudios producen continuaciones de aquello que ya vimos y los algoritmos nos ofrecen variaciones de nuestros gustos anteriores. Nosotros también colaboramos y buscamos constantemente nuevas versiones de aquello que ya sabemos que disfrutamos.

King Gizzard trabaja en dirección contraria. Cada vez que descubre quién es, comienza a buscar quién podría ser después. Por eso sigo escuchándolos. Esos gustos extraños que uno guarda durante años son pequeñas rebeliones contra nuestros propios hábitos; recuerdan que todavía podemos sorprendernos, cambiar de opinión, escuchar algo que inicialmente nos incomoda y descubrir con el tiempo que el oído también aprende.

Hay demasiada música construida para confirmar lo que ya sabemos que nos gusta. De vez en cuando conviene buscar aquella que todavía puede llevarnos a un lugar que desconocíamos.

Playlist recomendado: Crumbling Castle, The River, The Dripping Tap, Robot Stop, Iron Lung, Rattlesnake, Head On/Pill, Magma, Work This Time, Gamma Knife, Nuclear Fusion, Gila Monster, Sense, Shanghai y Mars for the Rich.

Her and I para Greis y Butterfly 3000 para Alo.