sábado, 18 de julio de 2026

La banda viva más importante.

Mientras sigan juntos, Keith encontrará un riff, Ronnie entrará por el costado, Mick se acercará al micrófono y algo volverá a encenderse.

Por: Nosotros WebStaff , En: Códigos de poder Opinión , Día Publicado: 17 julio, 2026

David Vallejo
Opinión
Códigos de Poder
por David Vallejo

Los dos últimos discos de los Rolling Stones me gustaron mucho. Hackney Diamonds me pareció un regreso formidable, lleno de fuerza, riffs y canciones capaces de ocupar un sitio digno dentro de una discografía monumental. Foreign Tongues me gustó todavía más. Lo he escuchado tratando de encontrar el truco, alguna concesión del entusiasmo, una indulgencia provocada por el cariño que sentimos hacia quienes nos han acompañado durante tantos años. Termino siempre en el mismo sitio, el álbum es muy bueno.

Cuesta creer lo que siguen haciendo a esta edad. Mick Jagger nació en 1943, Keith Richards también y Ronnie Wood llegó cuatro años después. Entre los tres acumulan cerca de dos siglos y medio de vida, varias existencias completas y una cantidad de canciones suficiente para contar la historia emocional de generaciones enteras. Aun así entran a un estudio, conectan las guitarras, encuentran un ritmo y vuelven a sonar vivos, peligrosos, divertidos y arrogantes, vuelven a sonar a los Rolling Stones.

A estas alturas podrían limitarse a administrar su leyenda. Su catálogo bastaría para llenar estadios durante el tiempo que decidieran. Podrían interpretar “Start Me Up”, “Paint It, Black”, “Miss You”, “Angie”, “Brown Sugar”, “Wild Horses”, “Jumpin’ Jack Flash”, “Sympathy for the Devil” y “Satisfaction”, recibir la ovación, saludar y marcharse hacia la historia. Sin embargo, su legítimo amor por el rock los convierte en piedras rodando interminablemente por un camino de bajadas y subidas.

Esa elección dice mucho acerca de ellos y también acerca de la vida. La juventud permite imaginar que el talento es una llamarada. Los Stones han demostrado que puede ser una disciplina, una obstinación y una manera de permanecer en el mundo mientras disfrutas lo que haces. Siguen trabajando porque la música todavía los sorprende. Keith Richards continúa buscando el acorde que parece haber estado esperando desde antes de que existieran las guitarras eléctricas. Mick Jagger entra en cada canción con la curiosidad de quien desea averiguar hasta dónde puede llevarla. Ronnie Wood encuentra el espacio exacto entre ambos y convierte dos guitarras en una conversación que lleva medio siglo sin agotarse.

Por eso son, sin duda, la banda viva más importante. Existen grupos técnicamente impecables, artistas capaces de convocar multitudes mayores y músicos con catálogos admirables. En los Rolling Stones habita una parte esencial de la historia del rock, desde los pequeños clubes londinenses donde interpretaban canciones de Muddy Waters y Chuck Berry hasta los escenarios monumentales que ayudaron a inventar. Atravesaron la revolución cultural de los sesenta, la oscuridad de Altamont, el exilio fiscal, las drogas, los arrestos, las separaciones, las reconciliaciones, el punk, la música disco, el grunge, los videos de MTV, la era digital, el streaming y la muerte de Charlie Watts. Cada época anunció su final y ellos respondieron con otra gira, otro riff, otra canción y otro álbum.

Puedo escoger fácilmente muchas canciones suyas entre mis favoritas. Eso ocurre con pocas bandas. “Gimme Shelter” contiene el sonido de un mundo a punto de romperse. La voz de Merry Clayton entra en la grabación y durante unos minutos el miedo, la guerra, el deseo y la esperanza caben dentro de una misma habitación. “Wild Horses” posee la tristeza de las despedidas que llegan mientras el amor permanece. “Moonlight Mile” avanza con la belleza de un hombre agotado que sueña con volver a casa. “Tumbling Dice” parece desordenada hasta que uno descubre que cada instrumento respira en el sitio preciso. “Beast of Burden” convierte la guitarra eléctrica en una caricia. “You Can’t Always Get What You Want” empieza casi en una iglesia y termina ofreciendo una de las formas más sensatas de entender la existencia.

También están “Ruby Tuesday”, “She’s a Rainbow”, “Dead Flowers”, “Shine a Light”, “Waiting on a Friend”, “Angie”, “Miss You”, “Honky Tonk Women”, “Can’t You Hear Me Knocking”, “Sweet Virginia”, “Memory Motel” y tantas otras. Cada fanático podría elaborar una lista diferente y defenderla durante horas. En esa abundancia se encuentra una parte de su grandeza. Los Stones escribieron canciones para la fiesta, el deseo, la carretera, la culpa, la soledad, el exceso, la pérdida y el paso de los años. Casi cualquier momento de una vida puede encontrar una canción suya.

Yo los vi hace años y puedo decir con orgullo que vi a los Stones. La frase parece sencilla hasta que uno comprende todo lo que contiene. Vi entrar al escenario a Mick Jagger y desplazarse frente a miles de personas con una energía difícil de explicar y un baile característico inigualable. Vi a Keith Richards sostener una guitarra, sonreír con esa expresión de pirata que sobrevivió al naufragio y tocar acordes que reconocimos antes de terminar de escucharlos, algunos de los mejores de la historia. Vi a Ronnie Wood entrelazar su guitarra con la de Keith. Vi a Charlie Watts detrás de la batería, elegante, sereno, sosteniendo el universo mientras los demás fingían que el caos gobernaba la noche.

Durante aquellas horas también vi pasar la historia del rock frente a mí. Un concierto suyo contiene algo cercano a una ceremonia. El primer riff provoca una reacción física. Personas de edades distintas levantan los brazos, cantan las mismas palabras y recuerdan momentos que jamás compartieron. Algunos escucharon aquellas canciones cuando fueron publicadas. Otros las descubrieron en discos de sus padres. Muchos llegaron décadas después. Sobre el escenario, el tiempo pierde su orden habitual. Una pieza escrita en 1965 vuelve a suceder en presente y crea un túnel entre generaciones.

Los Stones vencieron al tiempo sin pretender detenerlo. Han envejecido frente al público, con las arrugas, las pérdidas y las ausencias a la vista. Charlie Watts permanece en cada golpe de batería, aunque otra persona ocupe su asiento. Brian Jones aparece cuando suena el sitar de “Paint It, Black”. Mick Taylor vive en los solos de la época más brillante. Bill Wyman forma parte del pulso de las grabaciones clásicas. Ian Stewart sigue sentado frente a algún piano imaginario, cuidando que el rock conserve un poco de boogie.

La banda actual lleva consigo a todos los que pasaron por ella. Cada tema guarda fantasmas y quizá por eso sus discos recientes conmueven tanto. Surgen después de funerales, enfermedades, reconciliaciones y décadas de convivencia. Ya nada necesitan probar. Tampoco parecen interesados en escribir epitafios.

Los Stones jamás fueron un grupo dedicado a ofrecer lecciones de conducta. Su historia está llena de excesos, egoísmos, tragedias, decisiones cuestionables y daños reales. Su música nació precisamente de esa materia imperfecta, a diferencia de The Beatles. Jamás se presentaron como santos. Eligieron la lengua afuera que es el icono más reconocible de la cultura popular, el deseo, la insolencia y el ruido. Con los años, aquella rebeldía adquirió otro significado. A los veinte consiste en desafiar al mundo. A los ochenta, en levantarse, caminar hacia el estudio y seguir trabajando con entusiasmo.

Eso es lo que escucho en sus últimos álbumes. Talento, desde luego, aunque también amistad, memoria, oficio y gratitud. Tres hombres conscientes de lo vivido y todavía interesados en lo que viene. La prueba de que la creatividad carece de fecha de jubilación. Una celebración de la vida hecha con guitarras y con la extraordinaria voz de Jagger.

Quizá dentro de algunos años recordemos estos discos como sus últimas grandes grabaciones. Quizá vuelvan a sorprendernos y aparezca otro álbum. Con los Rolling Stones, cualquier despedida ha terminado pareciendo prematura. Su historia lleva décadas avanzando después del supuesto capítulo final.

Mientras sigan juntos, Keith encontrará un riff, Ronnie entrará por el costado, Mick se acercará al micrófono y algo volverá a encenderse.

Entonces comprenderemos otra vez por qué importan tanto. Los Rolling Stones comenzaron queriendo tocar el blues de los músicos que admiraban. Terminaron convirtiéndose en una medida del tiempo. Sus canciones nos acompañaron mientras crecíamos, amábamos, perdíamos, celebrábamos y aprendíamos a despedirnos. Ellos también han cambiado, aunque conservan intacta una pulsión esencial. La de reunirse para hacer música y divertirse.

Yo tuve la fortuna de verlos. Puedo decirlo con orgullo y con una emoción que aumenta conforme pasan los años.

Vi a los Stones. Vi a la banda viva más importante del mundo.

Playlist recomendado: (I Can’t Get No) Satisfaction, Paint It, Black, Gimme Shelter, Sympathy for the Devil, Start Me Up, Angie, Wild Horses, You Can’t Always Get What You Want, Brown Sugar, Jumpin’ Jack Flash, Miss You, Beast of Burden, Honky Tonk Women, Ruby Tuesday, The Last Time, Tumbling Dice, She’s a Rainbow, Can’t You Hear Me Knocking, Midnight Rambler y Waiting on a Friend.

Wild Horses para Greis y She’s a Rainbow para Alo.