sábado, 07 de marzo de 2026

La cura que cura.

The Cure representa una anomalía hermosa que desafió el tiempo, las etiquetas y el vacío. Fue un espejo emocional para…

Por: Nosotros WebStaff , En: Códigos de poder Opinión , Día Publicado: 31 octubre, 2025

David Vallejo

The Cure representa una anomalía hermosa que desafió el tiempo, las etiquetas y el vacío. Fue un espejo emocional para millones de almas errantes, un sonido que, lejos de desgastarse, se volvió más necesario conforme el mundo se fue volviendo más ruidoso y menos sincero.

A mí The Cure me acompaña desde casi siempre, desde la pubertad, cuando escuché un disco en casa de mi amigo Bernardo. Su música tiene esa rara alquimia que suena perfecta en cualquier momento. Cuando estoy bien, me eleva. Cuando estoy triste, me entiende. Cuando dudo de lo que siento, me lo revela. Hay días en que escucharlos se parece a hablar con alguien que me conoce mejor que yo mismo. Su último disco, largamente esperado, me encantó y me devolvió la certeza de que la emoción jamás se negocia, y que Robert Smith aún canta con la misma verdad que lo convirtió en leyenda.

Cada concierto de The Cure se vive como un ritual que dura tres horas, a veces más. No repiten canciones de manera mecánica. Lo entregan todo por convicción, porque entienden que para muchos, estar ahí es una forma de comunión.

Robert Smith es el corazón de todo. Ese ángel desgarbado con maquillaje corrido, voz temblorosa y alma intacta. Nunca buscó ser estrella y por eso lo fue. Mientras otros vendían su imagen, él escribía canciones como Lovesong, un regalo de boda para Mary, o Disintegration, su obra maestra nacida de la angustia al cumplir treinta años. Ese disco denso, melancólico e infinito sigue siendo uno de los más hermosos que he escuchado. Pictures of You, Plainsong, The Same Deep Water as You, cada una es un universo en el que uno puede perderse con los ojos cerrados.

También existen esas joyas luminosas como Just Like Heaven, In Between Days o Friday I’m in Love, que confirman que la melancolía convive con la alegría, que se puede bailar con lágrimas en los ojos, que la sensibilidad puede ser una forma de arte.

Escuchar sus canciones cura el cinismo, la prisa y la superficialidad. Por eso The Cure mantiene viva su magia.

Muchos los llamaron “góticos”, aunque esa palabra reduce su universo. The Cure fue y sigue siendo la banda sonora de amores imposibles, de insomnios brillantes, de días grises que terminan convertidos en poesía. Inspiraron a Nine Inch Nails, Interpol, Placebo, Deftones y a tantos que aprendieron de ellos que el dolor puede ser hermoso cuando se canta con el corazón abierto.

En 2019, durante su ingreso al Rock and Roll Hall of Fame, Robert Smith respondió con su ironía dulce a una presentadora desbordada de entusiasmo. Su expresión de sorpresa, su voz serena, su autenticidad intacta. Todo en él sigue siendo la prueba de que hay artistas que permanecen jóvenes por dentro.

The Cure continúa tocando, grabando, curando. Y yo, como muchos, sigo esperando el día de verlos en vivo. Ese concierto será más que un espectáculo. Será un encuentro con una parte de mí que ha estado cantando en silencio desde hace décadas.

Y si ese día suena Lullaby, o Disintegration, o Just Like Heaven, sé que mis manos temblarán. Porque en ese instante estaré acompañado por todos mis pasados y por esa parte de mí que aún cree en la música como salvación.

Esa es la cura. Y su milagro carece de fecha de caducidad.

Playlist recomendado
Plainsong, Pictures of You, Just Like Heaven, Lovesong, A Forest, Lullaby, Friday I’m in Love, In Between Days, Close to Me, Fascination Street, Boys Don’t Cry, The Same Deep Water as You, Disintegration, Charlotte Sometimes, One Hundred Years, The Walk, The Lovecats, Shake Dog Shake, From the Edge of the Deep Green Sea y Catch.

Friday I’m in love para Greis y Lovecats para Alo.

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