sábado, 07 de marzo de 2026

La despedida de Ozzy. El evento más grande del Metal. |Placeres culposos.

La noche del 5 de julio de 2025 quedó escrita con fuego negro y riffs inmortales en la historia del…

Por: Nosotros WebStaff , En: Códigos de poder Opinión , Día Publicado: 12 julio, 2025

David Vallejo

La noche del 5 de julio de 2025 quedó escrita con fuego negro y riffs inmortales en la historia del rock. Lo que ocurrió en Villa Park, Birmingham, fue un acto de amor colectivo a un género que cambió la música y la vida de millones. Durante once horas, desde que Jason Momoa apareció como maestro de ceremonias con el poder de un titán, hasta que Ozzy Osbourne levantó el puño por última vez, todo se alineó como en una profecía largamente anunciada. La despedida definitiva del padre del metal se vivió como una comunión universal que reunió generaciones, leyendas, futuros y fantasmas.

Mastodon abrió como si fueran herederos directos del fuego sagrado. Sonaron “Black Tongue” y “Blood and Thunder” con la fuerza de una horda ancestral. Gojira se sumó a ese linaje en el tercer tema, como si los volcanes hubieran cobrado forma. Luego surgieron Rival Sons, Alice in Chains, Halestorm, Anthrax, Lamb of God, Ghost y tantas otras almas invocadas al centro del templo sonoro. Cada agrupación dejó lo mejor de sí, con interpretaciones incendiarias y homenajes que iban más allá de la técnica: eran ofrendas sinceras al espíritu del metal. Dave Grohl, emocionado hasta las lágrimas, soltó su alma en “Sweet Leaf”, mientras decía que Ozzy no había dejado canciones, sino una forma de existir. Hetfield y Ulrich, con Metallica encendido hasta los huesos, tocaron un tributo que estremeció la médula del estadio. Pantera, Tool, Slayer, Guns N’ Roses, todos desfilaron como deidades convocadas a la última misa de un mundo sonoro que sólo podía cerrar así, en el epicentro donde comenzó todo.

Lo más salvaje llegó con los supergrupos, formaciones imposibles nacidas de la ocasión. Tom Morello, Nuno Bettencourt, Mike Bordin, David Ellefson, Lzzy Hale, Jake E. Lee, Adam Wakeman y Yungblud interpretaron “The Ultimate Sin”, “Shot in the Dark” y una versión escalofriante de “Changes” que arrancó lágrimas a miles. En otro momento, Sammy Hagar, Vernon Reid, Chad Smith, Zakk Wylde, Billy Idol y Sebastian Bach conjuraron una versión de “Flying High Again” que pareció elevar el estadio entero al infierno celestial del rock. Entre ambos actos, un duelo de baterías con Travis Barker, Danny Carey y Chad Smith se convirtió en una tormenta rítmica que partió la noche en dos.

El torrente emocional no se detuvo. Jack Black, desde una pantalla gigante, entregó un cover teatral de “Mr. Crowley” que fue puro amor y homenaje. Elton John, Dolly Parton, Marilyn Manson, Bruce Dickinson y hasta Lars Ulrich, en un breve mensaje, enviaron saludos sentidos que aparecían entre canción y canción como cartas abiertas al maestro. En cada gesto se percibía una gratitud colectiva, una reverencia que desbordaba cualquier ego, porque todos sabían que estaban despidiendo al origen.

Entonces ocurrió lo impensable. Ozzy apareció en escena, sentado en un trono oscuro, rodeado de luces tenues. Parecía un rey herido, pero su voz tembló de fuerza. Interpretó “I Don’t Know”, “Mr. Crowley”, “Suicide Solution”, “Mama, I’m Coming Home” y “Crazy Train” con una potencia emocional que borró cualquier duda, cualquier límite físico. Su cuerpo podía fallar, pero su alma seguía intacta, rugiendo, desbordando vitalidad. Cada verso fue un milagro. Cada pausa, un nudo en la garganta. Y cuando finalizó su set solista, el estadio entero se sumió en un silencio que pesaba más que cualquier grito.

Y entonces, como si el tiempo hubiese decidido abrir una grieta hacia el origen, subieron al escenario Tony Iommi, Geezer Butler y Bill Ward. La formación original de Black Sabbath, reunida por última vez, hizo temblar el suelo. “War Pigs”, “N.I.B.”, “Iron Man”, “Children of the Grave”, “Paranoid”. El estadio no cantaba, rugía. Los ojos de Ozzy brillaban. Iommi parecía flotar. La batería de Ward marcaba el pulso de una despedida sin igual. En ese momento, Birmingham se convirtió en la capital espiritual del planeta. Era más que música. Era una despedida compartida por miles de cuerpos en el estadio y millones de almas conectadas desde todos los rincones del mundo.

La transmisión global superó los 5.8 millones de espectadores en vivo. Desde Asia hasta América Latina, desde salas familiares hasta bares llenos, cada pantalla transmitía una ceremonia que fundía generaciones. Todo se grabó en una producción impecable: cámaras aéreas, sonido envolvente, testimonios en backstage, abrazos entre artistas, lágrimas sin vergüenza. La recaudación, superior a 140 millones de libras, fue entregada a Cure Parkinson’s, Birmingham Children’s Hospital y Acorn’s Hospice, porque incluso en su despedida, Ozzy decidió transformar su adiós en un acto de vida.

Este es el concierto más grande del metal de todos los tiempos. Nadie ha hecho lo que Ozzy hizo hoy. Quizá algún día Metallica lo haga, pero esto fue irrepetible.

Cuando todo terminó, Ozzy levantó su puño. No necesitó palabras. En su gesto iba todo. La gratitud. La resistencia. El amor. La entrega. La victoria. Los fuegos artificiales estallaron como campanadas de otro mundo. La multitud lloró, gritó, cantó una vez más. La música cesó, pero algo quedó suspendido en el aire, como una bendición eléctrica.

El metal cerró su círculo con dignidad, furia y belleza. Ozzy se fue como lo hacen los grandes: dando más de lo que tenía. Dejando una huella que ya pertenece a la leyenda. Lo que ocurrió en Birmingham fue un adiós, sí, pero también un juramento. Mientras su voz resuene en alguna guitarra, mientras alguien diga “Sabbath”, mientras haya una persona que escuche “Paranoid” por primera vez y sienta ese golpe en el pecho, Ozzy seguirá ahí. Entre nosotros. Reinando en el género entre tinieblas y atardeceres.

Playlist recomendado: Paranoid, War Pigs, Children of the Grave, Iron Man, Black Sabbath, Heaven and Hell, Sweet Leaf, Crazy Train, Mr. Crowley, Mama I’m Coming Home, No More Tears, Bark at the Moon, I Don’t Know, Diary of a Madman.

Mama, I’m Coming Home para Greis y Dreamer para Alo.

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