Fobia a lo fresa.
Opinión Códigos de Poder por David Vallejo Vi a Fobia en Byblos, en Tampico, hace muchísimos años. Recuerdo la cercanía…
Vi a Fobia en Byblos, en Tampico, hace muchísimos años. Recuerdo la cercanía del escenario, las canciones que entonces eran nuevas y esa sensación de estar frente a cinco músicos que disfrutaban profundamente lo que hacían. Desde aquella noche jamás volví a verlos.
En esos años, entre mis amigos se les consideraba un grupo fresa. Yo decía lo mismo, aunque me gustaban. Algo en Fobia parecía demasiado limpio y divertido para cierta idea que teníamos del rock. Leonardo de Lozanne tampoco correspondía al estereotipo del músico atormentado. Entre mis amigas causaba furor. Antes de que Caifanes y Soda Stereo ocuparan aquel territorio sentimental con toda su fuerza, y bastante antes de que Café Tacvba cambiara tantas certezas sobre el rock mexicano, Fobia ya estaba allí. Por Leonardo, por su música, seguramente por ambas cosas. El tiempo nos corrigió.
Fobia nació en Ciudad de México en 1987 y terminó como parte de una generación fundamental del rock en español. Leonardo y Paco Huidobro iniciaron la historia. Después llegaron Javier Ramírez, el Cha!, en el bajo, Iñaki Vázquez en los teclados y Gabriel Kuri en la batería. Por ese último lugar pasarían Jorge “Chiquis” Amaro y Jay de la Cueva.
La combinación fue extraordinaria. La voz y presencia de Leonardo, el bajo de Cha!, las texturas de Iñaki, la versatilidad de Jay y, especialmente, Paco Huidobro.
Para mí, Huidobro es un genio. Uno de los grandes guitarristas y compositores del rock mexicano. Su talento jamás dependió de exhibir virtuosismo. Construyó riffs, ambientes, melodías y pequeños detalles que terminaron definiendo el sonido de Fobia. Basta escuchar su discografía con atención para entenderlo.
Fobia sonaba diferente. Mientras buena parte del rock buscaba solemnidad, oscuridad o denuncia, ellos podían hablar de microbios, iguanas, pepinillos marinos, gusanos, diablos y venenos. Hacían humor sin convertirse en una banda humorística, escribían canciones de amor alejadas de la balada convencional y experimentaban sin perder la capacidad de construir melodías memorables.
Su primer álbum, Fobia, apareció en 1990 con El microbito, Dios bendiga a los gusanos, El cumpleaños y La iguana. Un año después llegó Mundo feliz, con Camila, El diablo y El pepinillo marino.
Leche, de 1993, fue extraño, sexual, experimental y arriesgado. Dos años después apareció Amor chiquito, producido por Gustavo Santaolalla, con Revolución sin manos, Hipnotízame, Veneno vil y Vivo. Cuatro discos excelentes en cinco años.
Eso distingue a Fobia. Muchas grandes bandas pueden resumir su historia en una colección de éxitos repartidos entre discos irregulares. Con ellos es diferente. Sus álbumes tienen personalidad y pueden escucharse completos. Siempre vale la pena revisitarlos.
Fobia sigue sonando actual. Sus discos quedaron lejos de convertirse en una fotografía de los noventa. Muchas de aquellas guitarras, sintetizadores, juegos electrónicos, cambios de ritmo y melodías podrían aparecer en una grabación reciente sin sentirse fuera de lugar. También abrieron un camino. Después llegarían Zoé y otras bandas mexicanas capaces de mezclar rock, pop, electrónica, experimentación y una estética propia con absoluta naturalidad. Sería excesivo atribuirle a Fobia todo lo que vino después, pero cuesta entender una parte del rock mexicano posterior sin aquella libertad que ellos ayudaron a construir. Su influencia está también en eso. En haber demostrado que una banda podía ser sofisticada, divertida, extraña, popular y profundamente musical al mismo tiempo.
Fobia ocupa un lugar fundamental en el rock en español de los noventa, aunque reducirlos a esa década sería injusto. Mientras Caifanes, Café Tacvba, Maldita Vecindad y otras bandas transformaban la música mexicana, y Soda Stereo, Los Prisioneros y otros grupos hacían lo propio desde América Latina, Fobia construyó un territorio enteramente suyo. Lo extraordinario es que buena parte de ese territorio sigue sonando vigente más de treinta años después.
Después llegaron la separación, los proyectos individuales y el regreso. En 2005 publicaron Rosa Venus, producido por Gordon Raphael, conocido por su trabajo con The Strokes. En 2012 apareció Destruye hogares. En 2018 celebraron treinta años con la gira Pastel. En 2020 grabaron un MTV Unplugged particularmente imaginativo, utilizando juguetes, objetos cotidianos y mecanismos construidos para producir sonidos.
Fobia sigue vivo y continúa presentándose. Sus integrantes cambiaron y sus vidas también. Jay desarrolló una enorme carrera fuera del grupo. Cha! e Iñaki emprendieron otros proyectos. Paco produjo y compuso. Leonardo construyó su propio camino fuera de la banda. Cada uno siguió creciendo por su cuenta, mientras Fobia conservó esa extraña capacidad de volver y sonar inmediatamente reconocible.
Detrás de la ligereza estaba el oficio y detrás de aquella imagen que mis amigos y yo llamábamos fresa estaban músicos obsesionados con las canciones.
Para mi gusto, Fobia es una de las mejores bandas de la historia del rock mexicano. Bastan unos segundos para reconocerlos y bandas consiguen eso.
Quisiera volver a verlos y escuchar a Leonardo comenzar alguna de aquellas canciones que me han acompañado durante buena parte de mi vida. Sería distinto a Byblos. Tendría que serlo. Ellos han vivido, yo también. Y sus canciones me siguen acompañando.
Playlist recomendado: El Microbito, Vivo, Hoy Tengo Miedo, Veneno Vil, El Diablo, Hipnotízame, Camila, Revolución Sin Manos, 2 Corazones, Dios Bendiga a los Gusanos, Miel del Escorpión y Descontrol.
Hipnotízame para Greis y Vivo para Alo.
